abr 10 2012

Escándalos

Secciones Uncategorizedsoho @ 6:50 pm

Por Manfred Vargas.

La política se asemeja cada vez más a un tabloide; y los políticos, a celebridades. La creciente mercadotecnia que rodea a las campañas electorales se refleja en la tendencia a centrarse en el escándalo como base esencial para desacreditar a un político.

El ejemplo estadounidense es claro. No hay país del mundo en donde el dinero se encuentre legalmente tan involucrado en el proceso político. Esta realidad se traduce en campañas sumamente mediatizadas, las cuales reciben cobertura 24/7 por parte de canales de televisión y sitios en Internet cuyo único propósito pareciera ser ese: la cobertura. La política como entretenimiento necesita de confrontaciones, encubrimientos, rivalidades y escándalos para atraer la máxima audiencia.

El ejemplo estadounidense es el más claro, pero la naturaleza de su juego político se ha diseminado por todo el mundo. Dicho fenómeno ha crecido de la mano con el descontento de la población hacia la clase política. Con o sin fundamento, la mayoría de nosotros tiende a creer que en tiempos pasados los políticos sí hacían cosas, lograban objetivos, construían grandes obras de infraestructura, fomentaban el desarrollo de la nación.

Sí, probablemente no eran las personas más honestas del mundo, pero sus indiscreciones y sus faux pas morales eran barridos bajo la alfombra o recordados apenas como jocosas anécdotas (“me lo comí en confites”, ¿alguien?). Antaño se sobreponía la honesta creencia de que estos hombres y mujeres eran los verdaderos artífices del progreso social y económico del país.

Nuestros líderes actuales han fracasado a la hora de cargar con el legado de sus predecesores y, ante la falta de ideas frescas y logros tangibles (la “felicidad” ha sido el principal logro de esta Administración), no han tenido otra opción más que venderse de acuerdo con sus valores, atributos personales y moralidad. En medio de un panorama donde imperan la “firmeza y la honestidad”, los fallos morales simplemente ya no son tolerados.

El electorado, cínico y hastiado, acepta de mala gana la incompetencia de los políticos, pero está atento ante el mínimo “lamentable descuido” que descubra la prensa. En un país que no se presta para grandes manifestaciones o actos revolucionarios, esa es nuestra manera de sacarnos el clavo con aquellos que se “ganan” nuestros votos.

Sí, todos podemos cometer un lamentable descuido; pero, en los tiempos de la política del tabloide, del reality show, del entretenimiento y el jolgorio, un escándalo es lo único que se necesita para hundir a cualquiera. Nuestros políticos se venden como autoridades morales y verdaderos patriotas, pero en la realidad distan mucho de ser consecuentes con su propio discurso.

¿Cuándo se verá este sentimiento popular verdaderamente reflejado en las urnas?: esa es la pregunta.

Etiquetas: ,


mar 24 2012

FIA: una gran postal

Secciones Uncategorizedsoho @ 6:18 pm

Por Alberto Calvo.

Elba Eres es una artesana argentina. Su tez, y un poco su acento, la delatan: es originaria de San Nicolás, un pueblo adscrito a la provincia de Buenos Aires, pero lejos de la Capital Federal: 200 km lo separan de ella. Días antes de partir hacia Costa Rica, Elba tomó la decisión de enviar, vía correo convencional, una paquete con 25 kg de mercadería. Pensó que eso le evitaría cargar con peso extra el día que tomase el vuelo con rumbo a nuestro país. Viajó ligera —hasta donde lo permite una estancia de tres semanas en tierras desconocidas—; sin embargo, al llegar, recibió la primera mala noticia: su mercadería estaba retenida en la Aduana. Para poder liberarla, debía pagar ¢179.000, una suma que, naturalmente, no tenía previsto gastar. La pregunta más obvia salta a la vista, y se la formulo: “¿El Ministerio de Cultura se hizo cargo?”. Su respuesta —menos obvia— fue rotunda: “No”. Si quería participar en el FIA sin mayores contratiempos, Elba, entonces, estaba forzada a pagar ¢179.000 de su propio bolsillo: así lo hizo. El toldo en el que trabaja, ubicado al costado sur de la plazoleta que rodea la estatua de León Cortés, es quizá el que acoge el ejemplo más elocuente de la dinámica monetaria del Festival, el cual todos, a fuerza de campañas publicitarias y discursos políticos populistas, consideramos gratuito, pero que, visto de cerca, no lo es: alguien tiene que pagar por él, y ese alguien, muchas veces, no es más que un invitado. Pese al mal trago, Elba se refiere a Costa Rica en términos halagüeños. Dice que es un lindo país y que, una vez concluido el Festival, espera dedicar unos días para recorrer “la costa”. Cuando me lo cuenta, mi reacción es de sorpresa. Por reflejo, acato a decirle que son solo dos horas las que la separan del sol abrasador del Pacífico costarricense. “En Argentina tenemos que viajar un poco más”, dice. Me despido con un gesto seco. Mi fuero interno se retuerce. Dos horas para estar en una playa: dudo que sea una gran ventaja comparativa.

***

En un texto publicado recientemente en su blog, el escritor español Alberto Olmos plantea una fuerte discusión sobre la pertinencia de los contenidos gratuitos —de cualquier índole— que se comparten en la Red. Hacia el final de su extensa disertación, Olmos sentencia: “Escribir es un acto libre y autocomplaciente que no tiene nada que ver con el dinero; lo único que tiene que ver con el dinero es pensar que lo haces gratis. Cuando las cosas son gratis, el dinero está por todos lados; es como aquello que decía Heinrich Böll de los ateos: siempre están hablando de Dios”. En una fiesta cultural que se promociona como gratuita, el capital, en sus distintas formas, está en cada rincón. El toldo principal de artesanos exuda márgenes de ganancia, aunque, al ser las 7 p. m. de un viernes por demás convulso, se percibe ya cansancio y desconsuelo. El azar me lleva hasta el primer puesto de artesanías, un pequeño entramado en donde se exhiben candelas aromatizadas. Echo un vistazo por las repisas: una veintena de candelas, de distintos tamaños y formas, se agrupan una al lado de la otra. Los precios van desde los ¢4.500 hasta los ¢42.000. El precio depende casi exclusivamente del tamaño de la pieza. Un pequeño letrero, puesto estratégicamente a la vista de los paseantes, anuncia que “se reciben tarjetas”. Al verlo intuyo, no sin algo de candor, que las ventas han estado muy bien durante el día; no obstante, el creador de las artesanías, un joven de gestos compungidos y verbo limitado, dice que no. La fuerza de sus palabras sobrepasa la barrera de cualquier transcripción: “Hoy no se ha hecho nada”. Son las 7:10 p. m. y una masa humana se desplaza por el lugar. Hay muchos compradores en potencia. “Quizá demasiados”, pienso.

Siento curiosidad por saber cuánto cuesta arrendar un puesto de artesanías. No puedo siquiera ensayar una suma: el Estado, en estos particulares, como en todos, suele ser impredecible. Más adentro, a mitad del primer gran toldo, observo un grupo de personas que se reúnen en torno a una venta de máscaras indígenas. Decido unirme a ellos. Al llegar, confirmo que son nativos borucas quienes están al comando del puesto. Ofrecen máscaras en madera de balsa confeccionadas a mano. Empatizo con ellos al instante. He viajado varias veces a su pueblo, y a la vecina comunidad de Rey Curré, en el sur recóndito del país. Conozco a la perfección la mística con que fabrican sus piezas, y también las carencias y el olvido que sufren los pobladores de la zona. Me desprendo del velo periodístico que me recubre y, con genuino interés, pregunto qué se debe hacer para optar por un puesto de venta de artesanías en la feria. “Pagar”, responde lacónicamente uno de los indígenas. Sin decir palabra, echando mano a la fuerza de los gestos, doy a entender que quiero saber más: quiero un número, una suma concreta. “¢300.000 por estos dos —señala las mesas que tiene enfrente—. De hoy hasta que termine el Festival”. La frase de Alberto Olmos, a este punto, se ha convertido en un mantra en mi cabeza: cuando las cosas son gratis, el dinero está por todos lados. Cuán cierto.

A diferencia de la venta de máscaras, el cuartel de “Gabi García” intenta emular la estética de las lujosas tiendas de joyería. Evidentemente, su esfuerzo es insuficiente. Protege sus productos de bisutería tras una vitrina colocada horizontalmente a lo largo del espacio que le fue asignado. Una familia —padre, madre e hija— se muestran interesados en la mercadería. La niña se prueba un anillo y, para su desgracia, no se puede desprender de él una vez puesto. Está atascado. La niña entra en pánico; sin embargo, decide resolver el inconveniente ella misma. Observo la escena a pocos metros. Me regodeo con la desesperación de la niña, quien, ya al borde del colapso nervioso, con su dedo visiblemente irritado, decide pedir auxilio. “Gabi García”, haciendo alarde de su experiencia, ejecuta una maniobra sutil y extrae el anillo. Lo mira con desconfianza: parece más interesada en proteger la integridad de la pieza que en el bienestar físico de su potencial compradora. Luego del incidente, el interés de la familia se desvanece: toman una tarjeta —sobresale en ella el logo de Facebook y una dirección de correo electrónico—, se despiden con una amabilidad impostada y parten sin decir que regresarán. Tal parece ser la dinámica entre vendedores y clientes: las transacciones son siempre una forma de la posibilidad.

***

Siempre me han parecido apasionantes los personajes marginados; aquellos cuyo destino avieso los ha colocado en una posición desprovista de privilegios. En este festival, es de esperar, hay muchos. Desde que salí a hacer mi recorrido, los he visto deambulando sin compañía, un poco absortos, con la mirada puesta en todas partes —y en ninguna— al mismo tiempo. Hay una chica sentada en la cuneta de uno de los múltiples caminos que atraviesan La Sabana. Está sola y parece quieta entre las sombras. Antes de abordarla, pienso de antemano unas palabras. Suelo construir frases, e incluso diálogos completos, con el único afán de eliminar la brecha de sorpresa entre mis preguntas y las respuestas de mis interlocutores. He de admitirlo: fallo en una apabullante mayoría de los casos. Esta vez no fue distinto.

—¿Viniste a ver a Calle 13? —pregunto con tono dócil. La muchacha dilata su respuesta unos segundos. Engulle, famélica, unas galletas.

—No —responde, cortante. El escenario que tenía previsto, una conversación rutinaria, comienza a desmoronarse.

La chica vino a ver el juego de pólvora. Calle 13 no le interesa; las ventas de artesanía, tampoco. No está muy dispuesta a hablar, pero, aun así, lo hace: se queja del precio al que venden los programas del Festival —¢200, la mitad destinada a la organización Un Techo para mi País— y de la suma que hay que pagar por hacer uso de los baños —¢400—. “Antes no era así”, confiesa. Según me cuenta, es asidua visitante de otros festivales, entre ellos Transitarte y Enamorate de tu Ciudad. Se dedica al cuido de sus dos hermanas menores, quienes hoy no la acompañan. Para el momento en que estalle el juego de pólvora, no estaré. Habría seguido a esta chica con tal de ver su rostro iluminado por las luces; pero, repito, entonces estaré lejos, y la onda expansiva de la pirotecnia no me alcanzará.

Por momentos, tiendo a pensar que este festival gratuito es bastante atípico: la gratuidad riñe con el perfil del visitante que —se espera— consuma los bienes que se le ofrecen. En medio de la espesura del bosque, más allá de las miradas de los miles que a esa hora se agolpan alrededor del escenario donde tocará Calle 13, un modesto toldo de la marca Samsung acoge un pequeño grupo de jóvenes. Detrás de un mostrador, un encargado muestra las bondades de un teléfono “inteligente”. Todos están cautivados por la demostración. Algunos, los más osados, tocan, preguntan, comentan. El teléfono cuesta ¢500.000. Me pregunto qué habría pensado la chica del juego de pólvora si hubiese estado aquí presente: la chica que no pagó por usar un baño ni tampoco se molestó en adquirir un programa por una ínfima suma. El Festival es, al menos, un enorme criadero de paradojas.

***

Topo con un agente de seguridad en el recodo de una calle oscura. No hay manifestaciones de vida humana en al menos cincuenta metros a la redonda, pero él está ahí, pendiente de algo que no ocurrirá. Se muestra reticente ante mis preguntas. Se nota incómodo. Trato de hacer breve mi interrogatorio. El muchacho tiene veintidós años y trabaja temporalmente para la empresa que presta el servicio de seguridad en el FIA. Según me dice, hay alrededor de doscientos efectivos recorriendo el perímetro del Festival. Todos son fácilmente identificables: llevan puestas camisetas amarillas, fosforescentes en la oscuridad. Conforme avanza la conversación, el joven toma confianza. Hace comentarios aleatorios y responde a preguntas que no le formulé. Lo agradezco. Al final, me dice que “tiene entendido” que su jornada de trabajo acaba a la misma hora que el concierto de Calle 13. Tiene entendido: no lo sabe a ciencia cierta. ¿Quién lo sabe?: nadie. El muchacho trabajará hasta que cese la música o hasta que el agotamiento le impida caminar.

***

He visitado un mercado de artesanías, una ambulancia —solo de reojo—, un concierto apenas concurrido —en comparación con el espectáculo principal, cortesía de los boricuas— y una venta de helados. He sido un observador desapasionado: mi oficio me lo exige. Sin embargo, en los últimos minutos de una visita que se extendió más de lo deseado, me encuentro en compañía de varios haitianos que cantan su himno nacional al borde del paroxismo. Es la estación de la Casa de la Francofonía, que esta noche luce casi desierta. A mi lado, dos hombres mayores susurran las líneas del himno con los ojos cerrados y la mano sobre el pecho. La melodía es suave, y una voz femenina, desafinada quizá a causa de la deficiente acústica del lugar, guía a los demás e imprime fervor a la entonación. De forma involuntaria, me llevo la mano al pecho. El coro, que canta al unísono en creole haitiano, va bajando su intensidad. Cuando la realidad supera a la ficción, somos capaces de escoger finales. Si hubiese estado en mis manos, habría escogido este. Lo recorro mentalmente y me veo, en la película, como un tercero: un blanco, rodeado de negros, inventando palabras de un idioma que desconoce.

Etiquetas: ,


mar 06 2012

Revueltas

Secciones Uncategorizedsoho @ 8:15 pm

Por Manfred Vargas.

En Costa Rica, aceptamos la proliferación de automóviles y autopistas como algo inevitable y hasta necesario. Los carros promueven la velocidad, el individualismo y la comodidad; las autopistas permiten su desplazamiento libre de molestias (entiéndase peatones) a lo largo de grandes distancias. Son complementos perfectos y, por lo tanto, ejemplos inmejorables de la pérdida de civismo y comunión urbana que tanto nos aqueja como sociedad.

Como vecino de la autopista Florencio del Castillo, puedo dar fe de la segregación, el aislamiento y la incomodidad provocadas por dicha carretera, especialmente en las comunidades del cantón de La Unión. Este cantón se encuentra, literalmente, partido en dos por culpa de la mencionada vía, y la conexión entre ambas partes se establece solo por medio de puentes mal iluminados y túneles estrechos y desolados.

Pongo este ejemplo no como una crítica en contra de la existencia de la autopista. La Florencio del Castillo, así como otras autopistas nacionales, es vital para el transporte rápido de personas y mercancías hacia importantes centros urbanos y comerciales del país. Sin embargo, tampoco se debe validar automáticamente el discurso que presenta cualquier construcción asfaltada como sinónimo de “desarrollo nacional”, cuando en muchas ocasiones este en realidad es poco más que una excusa y una apología de la mala planificación.

En una cultura obsesionada con el automóvil, la construcción de autopistas es inmediatamente considerada como un factor positivo que busca hacer nuestras vidas más fáciles. No obstante, la historia de los mismos países desarrollados que tanto buscamos emular en materia de planificación urbana ha demostrado que no siempre es así.

Si bien en países como Inglaterra y Estados Unidos la construcción de autopistas fue el paradigma dominante de la planificación a mediados del siglo pasado, a partir de los años sesenta aparecieron decenas de movimientos que pretendían luchar contra esa tendencia. Las llamadas freeway revolts, o “revueltas de autopista”, fueron protestas lideradas por grupos comunitarios y empresarios locales organizados en contra de la construcción de autopistas que amenazaban con destruir barrios, segregar comunidades, aumentar la contaminación ambiental y sonora, y “deprimir” económicamente zonas enteras.

Las innumerables deficiencias que ha presentado la autopista a Caldera son un excelente ejemplo de todo lo que no debería ser la planificación vial. Desde el uso de planos desactualizados, pasando por el considerable daño ambiental provocado en la zona, la destrucción de comunidades, las irregularidades en su concesión, su inauguración antes de tiempo, las muertes ocasionadas por derrumbes e incluso las recientes protestas de vecinos contra el cobro del peaje en Ciudad Colón: todo es muestra del mal manejo de obras públicas en nuestro país.

Las protestas de vecinos en Ciudad Colón son un ejemplo idiosincrático de una “revuelta de autopista” criolla. Por supuesto, la manifestación no fue provocada por daños ambientales ni segregación de barrios, sino que nació a raíz del cobro de un peaje. Sin embargo, ha tenido un arraigo importante en las comunidades afectadas e incluso ha contado con el apoyo de los alcaldes de tres cantones. La protesta no se limita solo al peaje: también denuncia el corte de calles cantonales y la falta de pasos seguros para vecinos y peatones.

Es poco probable que se cumplan las demandas de esta “revuelta”, pero no se puede descartar su eventual importancia como ejemplo de un movimiento ciudadano que, exigiendo una mayor apertura y rigurosidad en la planificación y construcción de obras públicas, puede alterar la forma en que nosotros, como ciudadanos y vecinos, reaccionamos ante la ineficiencia del burocrático aparato estatal.

Etiquetas: ,


feb 13 2012

Libertad

Secciones Uncategorizedsoho @ 4:58 pm

Por Manfred Vargas.

Cuando trato de recordar mi niñez, me doy cuenta de que no tengo la más mínima idea de la persona que era en ese entonces. Eso no quiere decir que no recuerdo mis años de infantil inocencia, sino que, en lo respectivo a personalidad o forma de ser, mi memoria se queda en blanco. En otras palabras, era un niño como cualquier otro, inseparable de la masa.

No fue hasta los trece o catorce años que empecé a tener verdadera conciencia del mundo exterior y del papel que podía jugar en él. Mi visión a futuro era limitada, no tenía clara la posibilidad de cambiar ciertos aspectos de la sociedad en la que vivía. Sin embargo, empecé a comprender que había todo un mundo extraño y complejo fuera de la rígida burbuja de mi colegio y de mi casa. Por primera vez pensé que valía la pena explorar ese entorno.

Irónicamente, esta realización no me llegó por medio de un mayor conocimiento físico del mundo, sino a través de mis primeros contactos serios con el Internet. En ese mundo de “wikis”, Internet Relay Chats, redes sociales incipientes y foros de discusión, mi visión de mundo empezó a tomar forma.

Precisamente, fue en los foros de discusión adonde empecé a desarrollar algún tipo de personalidad. Lo que sea que soy ahora se lo debo, más que a mis interacciones regulares en la “vida real”, a aquellos misteriosos avatares que pululaban por los message boards de Internet y que supuestamente provenían de países tan variados como Argentina, Estados Unidos, Finlandia y China.

En dichos espacios aprendí a leer literatura extranjera, a escuchar música alternativa, a apreciar el cine experimental, a escribir como lo hago ahora, a respetar culturas y modos de vida distintos y a conocer los ideales políticos que hoy defiendo. Todo eso lo asimilé de la mano de sujetos con los que rara vez conversé personalmente, gente que difícilmente me toparía en la calle y cuya vida nunca estuve ni cerca de conocer. Personas que un día estaban ahí y al otro desaparecían, sin dejar rastros de su aparente existencia. Esa era la naturaleza de la vida social en Internet, por lo menos a inicios de la década pasada: un ecosistema formado por conexiones momentáneas, inestables y frágiles, pero enormemente significativas.

Es probable que mi generación haya sido la primera que tuvo acceso a Internet en su propia casa y a una velocidad decente. Para nosotros, la vida “real” y la virtual son indistintas, y aquellas experiencias y relaciones vividas a través de comunidades virtuales son una parte tan integral de nuestra biografía personal como lo son las fiestas con los amigos o los paseos en familia.

Entonces, como ya dije, buena parte de lo que soy se lo debo en gran medida a Internet o, al menos, a Internet tal como existía hasta hace poco; ese lugar en el que se mezclaba libremente lo legal con lo ilegal, la compasión con la burla, la ironía con la sinceridad, la enfermedad con el placer. Comunidades anárquicas, con reglas autoimpuestas, en las que podíamos hacer tabula rasa; es decir, olvidar todo lo que habíamos sido antes y encontrar nuestro camino hacia las personas que de verdad queríamos ser.

Sin embargo, esa realidad a la que aludo es de difícil comprensión para algunas personas, particularmente las que pertenecen a generaciones anteriores a la mía. En esencia, dichos grupos malinterpretan nuestros deseos de mantener un Internet libre de interferencias corporativas y gubernamentales. El origen de la oposición de tantos jóvenes a iniciativas como la ley SOPA o el tratado ACTA no se reduce a un simple deseo de seguir pirateando películas malas o canciones “quemadas”, sino que radica en la necesidad de preservar aquello que hizo del Internet una parte tan enriquecedora y valiosa para nuestras vidas. Un lugar en el que, lejos de presiones sociales, comerciales y políticas, podíamos encontrar nuestro espacio en el mundo y, a medida que lo hacíamos, nos encontrábamos a nosotros mismos.

Etiquetas: ,


feb 08 2012

Excusatio non petita

Secciones Uncategorizedsoho @ 6:33 am

Por Danny Brenes.

El ruido llegó desde el mismo lunes a media mañana, cuando el Ministerio de Cultura anunció los ganadores de los Premios Nacionales de este año. El ruido llegó por donde suele llegar: por la literatura. Por cuento y, sobre todo, por novela. El ruido llegó desde el primer momento.

Sin embargo, no es de mi interés hablar o discutir sobre la decisión del jurado; es decir, sobre las obras galardonadas. Solo leí una de las dos novelas que compartieron honores; a ver, corrijo: solo leí a medias una de las dos obras, que a la postre no resultó de mi gusto. No obstante, ese hecho nada dice sobre su calidad, sino sobre mis gustos como lector: no es para mí, es para otra gente. Todo bien con eso.

Lo que me interesa discutir, el ruido de arriba, llegó apenas unas horas después de haber sido anunciado el resultado. Vino en forma de una lamentable diatriba vociferada (porque las mayúsculas, aquí y en cualquier parte, se interpretan como gritos) por uno de los jurados de los mencionados premios, Jorge Méndez Limbrick, quien, como bien se encarga él mismo de señalar en toda ocasión que a bien tenga, ganó el Premio Nacional de Novela hace un año.

Es que no bastó con una explicación nunca exigida sobre su decisión. No bastó con que estas explicaciones nunca exigidas fuesen insulsas y rebatibles, porque al menos yo considero muy rebatible lo siguiente, en relación con la entrega de un premio literario —cito textualmente, mayúsculas incluidas—: “[el autor] maneja un lenguaje directo, franco, sincero, QUE SE ENCAJA con MI FILOSOFÍA de escritor y ese fue un punto a su favor”. ¿Podemos, entonces, dar por sentado que su decisión, por encima de la calidad de la obra, se refiere a quién escribe de forma más similar a usted? ¿En serio?

No bastó ni siquiera con dedicar la mayor parte de aquel tétrico y desdeñable puchero a escupir cuanto veneno le fuera posible en contra de otros dos escritores, como ya lo hiciera en otros mucho más pomposos escenarios, que no tenían mayor vela en el entierro literario al que asistíamos quienes tuvimos oportunidad de leer aquel texto abominable. Veneno que, no intentemos engañar a nadie ni ignorar lo que yace en la superficie, responde a la crítica negativa-pero-benévola que uno de estos dos literatos le dedicara a su multipremiada, sacrosanta obra.

No, la cosa fue más allá. Fue al extremo. Llegó a esa tierra deplorable, por demás ruin y vergonzosa, de los pleitos y escaramuzas contra desconocidos. No escatimó en acusaciones e insultos a lectores que no hacían más que dar su opinión (después de todo, el espacio en el que fue publicada la mencionada diatriba promueve justo eso: el debate de opinión). El discurso lleno de bilis llegó a, cómo no, sacar a colación las, ejem, prestigiosas credenciales que respaldan su uso indiscriminado de las mayúsculas, su inexistente claridad y fluidez de redacción y, por encima de cualquier otra, su calidad literaria (de nuevo, las mayúsculas, bendito sea Borges, no son de mi autoría): “SOY GANADOR DEL PREMIO UNA-Palabra, Premio Editorial Costa Rica y Premio Nacional… y UD QUIÉN ES?”.

Respiro profundo, miro por la ventana, intento recordar las cosas buenas que existen más allá de los libros, como una forma de serenarme y de recordar que estas pugnas literarias no me incumben en absoluto. Entonces sí, me zambullo de nuevo en lo risible y me pregunto: ¿es esta la cultura que queremos? ¿Es esta la cultura que merecemos? ¿A esto hemos llegado?

No creo que la literatura —vamos, el arte en general— tenga por obligación dejar enseñanza alguna. En eso supongo que estamos casi todos de acuerdo. La literatura puede ser cualquier cosa y a la vez no ser nada; es allí, precisamente, donde yace su belleza, su magia. Entiéndase esto como una forma de dejar en claro que rechazo de plano el discurso moralista de qué están leyendo mis hijos. El asunto no va, de manera alguna, por ahí. Más bien consiste en saber qué dicen los Premios Nacionales sobre el estado actual de nuestra cultura, de nuestra expresión artística; de nuestros retrasos, mojigaterías, absurdos. Esto no solo atañe a las obras condecoradas —a las cuales, repito, no me he referido y no lo pienso hacer—, sino a quienes las premian.

Yo no creo que el ingrediente faltante en la literatura tica, para que esta despegue finalmente, sea tener menos “serrucha pisos”, tal cual lo comentara en entrevista uno de los premiados. Creo, por el contrario, que falta mucha honestidad, mucha entereza y mucho, muchísimo menos ego.

La decisión del señor Méndez Limbrick me tiene sin cuidado; pero me resulta chocante, abrumador, doloroso incluso, pensar que una persona capaz de reducirse a un “Mire vale verga lo que piense ud….!” en público cuando se le cuestiona lo que escribe y lo que piensa, tenga una voz y un voto de peso en la salud cultural de la pequeña finca en que vivimos.

(Termino de escribir el párrafo anterior y una verdad me golpea el rostro con fuerza. La verdad que ha acompañado las publicaciones de este blog desde su nacimiento hace poco más de un año. Solo así logro comprender lo que no entendía palabras más arriba).

Sí, esta es la cultura que merecemos; porque esto es lo que somos: una finquita en la que nos enfrentamos “todos contra todos”, sin avanzar a ninguna parte. Una finquita donde discrepar es serruchar pisos, donde cuestionar VALE VERGA (estas mayúsculas sí que son mías).

No se preocupe por preguntarme quién soy yo, señor Méndez Limbrick. Yo no soy nadie.

Afortunadamente, a diferencia de usted, no me interesa serlo.

Etiquetas: ,


ene 09 2012

Comediantes

Secciones Uncategorizedsoho @ 5:57 pm

Por Manfred Vargas.

La principal razón por la que decidí estudiar Ciencias Políticas se la debo a Jon Stewart. Sí, me refiero al comediante conocido popularmente por ser el presentador de The Daily Show, un late night de irreverente sátira política.

Corría el 2004 y yo cursaba el noveno año de colegio. En aquel entonces, el presidente republicano George W. Bush y el candidato demócrata John Kerry se enfrentaban en unas elecciones marcadas por la fuerte oposición internacional contra la guerra en Irak. Meses antes de los comicios, celebrados en noviembre de ese año, Jon Stewart y el staff de The Daily Show publicaron un libro en el que festejaban el sistema político norteamericano, al mismo tiempo que criticaban y parodiaban sus aspectos más incongruentes e injustos. Por alguna extraña razón, decidí que debía poner mis ignorantes garras sobre ese tomo lo más pronto posible.

America (The Book): A Citizen’s Guide to Democracy Inaction era el nombre de dicho libro y, hasta la fecha, es probable que sea el texto más divertido que he leído en mi vida. Fue la primera vez que comprendí que el estudio de las instituciones políticas y las elecciones democráticas no solo podía ser interesante y entretenido, sino incluso emocionante. Por tal razón, durante el 2004 seguí obsesivamente todo lo relacionado con la elección Bush-Kerry, ya fueran noticias “serias” o humorísticas, y, aunque Bush finalmente ganó la contienda (¡boo!), a partir de ese momento la política —o “lo político”— se convirtió en mi mayor interés intelectual.

Ahora, decir que un comediante y una votación gringa fueron las principales causas por las que acabé estudiando en la Facultad de Ciencias Sociales de la UCR me convierte ciertamente en una anomalía entre mis colegas. Mientras muchos de ellos fueron enormemente influenciados durante su adolescencia por los ideales políticos de la Revolución Cubana o el movimiento ambientalista, yo veía surgir mi conciencia política durante las sesiones de lectura de un texto en el que aparecen desnudos los septuagenarios jueces de la Corte Suprema.

Varios años han pasado desde aquel 2004. Yo estoy a punto de concluir mi licenciatura en Ciencias Políticas al mismo tiempo que en Estados Unidos se inicia nuevamente otro periodo electoral. Después de todo este tiempo, y teniendo como contexto actual la hilarante demencia de las primarias republicanas y la tragicómica incompetencia de nuestra clase política, me doy cuenta de que mi introducción en la política por medio de la comedia no fue simplemente una anécdota curiosa o un ejemplo más de mi excéntrica personalidad. Al contrario: resultó ser un presagio bastante preciso de lo que en mis estudios —y en mi vida— pronto iba a descubrir.

Etiquetas: ,


dic 12 2011

Figueres

Secciones Uncategorizedsoho @ 6:42 pm

Por Manfred Vargas.

Lágrimas mojan sus ojos. Trata de contener el llanto, pero finalmente no lo logra. Recuerda el calor de su casa, espaciosa y decorada con delicadeza, si bien un tanto sobria para su gusto. Piensa en sus familiares, a miles de kilómetros de distancia, y le parece que no los ha visto en años. Incluso, no sabe si podría reconocerlos en caso de que se los presentaran en este momento. Tanto trabajo, tanto estrés han hecho que su mente le empiece a jugar trucos y, ante la tensión y las horas de insomnio, llora.

Por un momento cree olfatear el aroma de un tamal. De aquellos tamales que preparaban las mujeres de su familia cada diciembre, cuando llegaba don Pepe a la mesa y, dejando de lado las preocupaciones de todo un país, se sentaba a disfrutar de un tamalito envuelto en hoja de plátano y acompañado de una aguadulce.

Los viajes tan frecuentes, los cambios constantes de huso horario, las reuniones interminables, los cuartos de hotel, anónimos: todos conspiran para crear un estado de vértigo y desorientación permanente. Los no lugares conducen a un no tiempo, pero está bastante segura de que ahora es diciembre y que, si este fuera otro momento en su vida, estuviese disfrutando de manjares navideños al lado de su familia.

Sin embargo, ya esos tiempos pasaron y no hay vuelta atrás. Se han adquirido nuevos compromisos, se aceptaron otras invitaciones. La patria está lejana, aunque siempre se lleve en el corazón. Ahora, el escenario es mundial y millones de personas están pendientes de lo que pueda hacer, de lo que pueda decir, de lo que pueda lograr. Los focos se posan sobre su rostro, los medios transcriben sus declaraciones, las redes sociales están a la expectativa de lo que pueda salir de su boca.

¿El lugar? Durban, Sudáfrica. ¿El motivo? La Cumbre de la ONU sobre Cambio Climático. ¿La protagonista? Christiana Figueres, responsable de la ONU en asuntos relativos al clima. ¿Qué dijo? No importa mucho. Se espera poco de estas reuniones-espectáculo, luego del fracaso del Protocolo de Kioto y la farsa de la Cumbre del 2009 en Copenhague. El mundo cae en desgracia, sin opción de volver atrás, pero lo único que importa es hacer más dinero.

Este año, como todos los otros, las negociaciones se extendieron improductivamente por más tiempo del que estaba dispuesto, los países en desarrollo y los desarrollados discutieron entre sí, sin alcanzar consensos, y se aprobó un acuerdo final que a nadie le gusta, pero que, según la opinión de la mayoría, es mejor que nada.

Ella vuelve a casa luego de la larga jornada, mas ninguna persona la saluda en el aeropuerto; ni siquiera la reconocen, a pesar de su famoso apellido. Por ahora, solo importa la familia y el olor del tamal.

Etiquetas: ,


nov 14 2011

Anónimos

Secciones Uncategorizedsoho @ 4:56 pm

Por Manfred Vargas.

Como ya habrán escuchado, luego de su exitosa destrucción de la popular red social Facebook, Anonymous ha librado el que probablemente sea su golpe más espectacular hasta el momento: la completa desarticulación de la infame y sanguinaria agrupación criminal Los Zetas, quienes por años sembraron el terror y el caos en varias regiones de México y Centroamérica.

¿Ah, no?

Por supuesto que no.

En estas y otras páginas, ya he comentado más de una vez sobre la tendencia de la prensa de informar acríticamente cualquier evento relacionado con tecnología. Es una actitud en la que todo lo relacionado con la web y sus diferentes manifestaciones tiene que ser positivo, y en donde todos aquellos “gurús” dedicados al progreso de la computación son automáticamente seres superiores con un pie en el Premio Nobel de la Paz y otro, en las puertas del cielo.

Claro, no solo es la prensa. Hay toda una industria de “académicos” que se dedican a exaltar los milagros de la web 2.0, con un estilo de redacción que cualquier lector confundiría con un comunicado de prensa. En las mismas escuelas de Periodismo, ahora la moda está en la revolución de las “redes sociales” y en lo emocionante que es este cambio paradigmático, sin adoptar una postura crítica ante lo que esto pueda significar.

En este contexto, el caso de Anonymous es especialmente fascinante porque es un grupo de hackers activistas, quienes ocultan su identidad mientras se dedican a realizar travesuras virtuales de carácter contestatario. Se dice que su estructura es completamente descentralizada y que cualquiera puede ser parte del grupo. Por lo tanto, su naturaleza es imposible de encasillar, y la identidad de sus miembros es un misterio.

Eso ha provocado que los medios empiecen a ver miembros de Anonymous por doquier y consideren que vale la pena reportar, como si fuera verdad, cada acto que se dice que esta agrupación planea cometer. Por ejemplo, alguien que decía hablar en nombre de Anonymous declaró que el 5 de noviembre pasado se iban a traer abajo a Facebook, por lo que decenas de medios dieron a conocer la noticia, aun cuando personas relacionadas con el grupo desmintieron repetidamente tal afirmación.

Lo último fue la ocurrencia de una supuesta célula mexicana de Anonymous que, en un video colgado en YouTube, amenazó con revelar información secreta de Los Zetas (informantes, contactos, etc.) si no liberaban a un supuesto hacker que aparentemente fue secuestrado por ese cartel en las calles de Veracruz.

Rápidamente, los titulares anunciaban: “Anonymous le declara la guerra a Los Zetas”. Periodistas serios que dedicaron más de quince minutos a investigar sobre este hecho, se dieron cuenta de que no había pruebas que respaldaran la legitimidad de la participación de Anonymous en esta amenaza, por lo que era bastante probable que quienes estuvieran detrás de este video fueran farsantes o bromistas. No es que eso haya mermado la atención de los medios, pues todavía aseguran que Anonymous y Los Zetas están prontos a librar una batalla a muerte.

Esta noticia se enmarca en una creciente histeria que liga a las redes sociales con la guerra contra las drogas en México, país en donde recientemente dos tuiteros fueron arrestados y puestos en prisión por varios días debido a supuesto terrorismo virtual y en el que los medios dicen que Los Zetas han asesinado a usuarios de redes sociales que reportan sobre sus acciones criminales, aun cuando no existe ninguna prueba real que relacione estos asesinatos con el uso del Internet.

Tal parece que en este valiente, nuevo mundo virtual, la rigurosidad y el escepticismo quedaron atrás. Si el Internet lo dice, es noticia y es verdad, no hay nada más que investigar.

Etiquetas: ,


nov 01 2011

Así Nacidos

Secciones Uncategorizedsoho @ 4:51 am

Por Danny Brenes.

Hace poco más de dos semanas concluí la lectura de una de las novedades más sonadas durante el año en el diminuto mundillo literario costarricense —aunque la obra en cuestión sea salvadoreña—: Heterocity, del conocido (tan conocido como puede ser un escritor local en la región, en todo caso) Mauricio Orellana Suárez.

Las casi 500 páginas de la obra, editada y publicada por Lanzallamas, y que fuera premiada, a principios de año, con el Mario Monteforte Toledo, uno de los galardones más importantes en materia literaria en el Istmo, al que fue presentada con el título de esta entrada, relatan un número de historias paralelas que se entrecruzan entre sí hasta abrazarse en un nudo final, atado con maestría por la pluma del cuscatleco.

Juntas, estas líneas dibujan el entramado de una ciudad en la que la libertad sexual y la represión chocan, a veces de manera frontal, en otras tantas ocasiones bajo el manto de la hipocresía, de los tapujos y de la mojigatería.

En concreto: un diputado de izquierda, ante la oportuna aparición de un miembro de los movimientos por los derechos de los grupos LGBT, presenta ante la Asamblea Legislativa un proyecto que legalice, de manera contundente y definitiva, las uniones civiles entre parejas del mismo sexo, al tiempo que les permite a estas la adopción de niños.

En su camino topará con enemigos que él mismo no conocía; puñales de acero frío se clavarán en su espalda, puñales que desangran y manchan el expediente de una carrera y una vida que caen al suelo en trizas.

Entre tanto, un grupo de asistentes a una disco gay es puesto en cautiverio por un grupo de hombres extraños, armados, sombríos. Son obligados a permanecer encerrados dentro de un clóset gigante y juntos deberán soportar los embistes traicioneros de una sociedad de dos caras; una sociedad que esconde lo que le estorba, pero lo hace bajo el velo de lo secreto, lo que otros no deben saber.

Además de estos dos grandes ríos de flujo narrativo, Mauricio nos enfrenta con tantas otras historias: las vivencias de un homosexual al que un grupo de católicos conservadores pretende “curar”; una mujer de ultraderecha que por sí sola es capaz de hacer temblar los pilares de la libertad de expresión; un joven suicida, azotado por la culpa de haber seguido los impulsos que su cuerpo le enviaba. El etcétera es largo, exhaustivo.

Todas estas historias comienzan y terminan con la frase que, como una amenaza por saludo de bienvenida, los editores astuta y acertadamente guindaron en la primera línea del texto de contratapa del libro: ¿Debe legalizarse el matrimonio de parejas del mismo sexo?

Lo que Mauricio nos brinda no es precisamente un catálogo de razones por las que la respuesta a dicha pregunta debe ser positiva. No, en su lugar, el autor ofrece el retrato de ese océano de opiniones y visiones de mundo en el cual navega, día a día, ahí afuera, en el mundo real, tal cuestión; por la que tantos luchan, con justa razón, y a la que tantísimos se oponen, a veces por cuestiones que escapan de su comprensión.

Orellana entrega a los lectores la posibilidad de conocer, desde adentro, un mundo al que los heterosexuales rara vez tenemos oportunidad de llegar. Heterocity es, además de una gran obra artística, un documento de peso que se erige como piedra angular en la lucha de las minorías sexuales.

Una lucha que no cede espacios, que se atrinchera: que tiene por objetivo la libertad.

Y, cada tanto, gana una que otra batalla.

Claro, hasta que se llega a los comentarios.

Etiquetas: ,


oct 25 2011

Decadencia

Secciones Uncategorizedsoho @ 4:47 am

Por Manfred Vargas.

Desde hace un buen tiempo, he venido desarrollando una fascinación por todas aquellas cosas que se encuentran en estado de desmoronamiento.

Ese interés usualmente se concentra en las ruinas urbanas, eso que los angloparlantes llaman, de manera secamente poética, urban decay. Esta decadencia urbana se encuentra principalmente en los viejos polos industriales de países como Estados Unidos, cuyas fábricas son trasladadas a Latinoamérica o Asia para abaratar costos, dejando tras de sí un rastro de desempleo, pobreza y descuido.

Pero este tipo de ambientes me fascinan no necesariamente por un humanismo o una filantropía desbordante, sino por una fijación puramente estética. Es decir, hay un cierto placer a la hora de observar estas imágenes de abandono y deterioro. Un placer que algunos comparan con la pornografía.

Ruin porn es un término que ha empezado a rondar para referirse a esa obsesión por ciudades que ya han visto sus mejores días. Carreras enteras de artistas y académicos se han construido alrededor de la representación y el análisis de estos lúgubres escenarios (riot porn fue otro término popularizado ante el entusiasmo desplegado por los tabloides sensacionalistas a la hora de cubrir la destrucción material llevada a cabo en los disturbios británicos de este año).

No hay que tener un doctorado en Ciencias Sociales o en Filosofía para darse cuenta que este interés “pornográfico” por las diferentes manifestaciones de la decadencia tiene que ver con un asunto de mortalidad, de asombro y atracción por presenciar el fin o la destrucción de las cosas tal como las conocemos. Y, por supuesto, la culminación de esa tendencia termina siendo la llamada death porn.

La mayoría de las veces, las cosas que más nos atraen son aquellas que no podemos comprender, y, en el mundo de lo incomprensible, la muerte es reina. Por eso nos fijamos por la ventana del carro cuando hay accidentes. Por eso un video de un periodista decapitado por talibanes en Afganistán se convirtió en un morboso éxito viral. Por eso nos han recetado las imágenes de los últimos minutos de vida de Muammar Gadafi, el exdictador de Libia, una y otra y otra vez en los últimos días.

Lo curioso de este último caso de death porn es que la discusión mediática giró alrededor del hecho de que NO pudimos ver la muerte de Gadafi. Los videos disponibles lo muestran ensangrentado antes de morir, mientras es insultado por las fuerzas rebeldes. En las siguientes imágenes que se tienen de él, ya se encuentra muerto. Eso nos frustra y nos enoja porque no concebimos cómo, en esta época en que ya nada es privado y lo banal es noticia, un evento tan importante como la muerte de un dictador no pudo haber sido grabada.

Y es que en los tiempos de las telecomunicaciones omnipresentes, ya hasta la muerte es de dominio público. Mucho más en el caso de un déspota que el mundo aprendió a odiar en los últimos meses. Porque, si bien es cierto que hay algo de curiosidad sobre la naturaleza de la mortalidad detrás de estas fascinaciones mediáticas, la verdadera razón por la que nos interesan tanto las imágenes de una esplendorosa ciudad en el camino a la destrucción, como las de un político ensangrentado cercano a la muerte, es la misma.

El perverso y morboso placer de ver a los poderosos caer.

Etiquetas: ,


Página siguiente »