Por Alberto Calvo.
Elba Eres es una artesana argentina. Su tez, y un poco su acento, la delatan: es originaria de San Nicolás, un pueblo adscrito a la provincia de Buenos Aires, pero lejos de la Capital Federal: 200 km lo separan de ella. Días antes de partir hacia Costa Rica, Elba tomó la decisión de enviar, vía correo convencional, una paquete con 25 kg de mercadería. Pensó que eso le evitaría cargar con peso extra el día que tomase el vuelo con rumbo a nuestro país. Viajó ligera —hasta donde lo permite una estancia de tres semanas en tierras desconocidas—; sin embargo, al llegar, recibió la primera mala noticia: su mercadería estaba retenida en la Aduana. Para poder liberarla, debía pagar ¢179.000, una suma que, naturalmente, no tenía previsto gastar. La pregunta más obvia salta a la vista, y se la formulo: “¿El Ministerio de Cultura se hizo cargo?”. Su respuesta —menos obvia— fue rotunda: “No”. Si quería participar en el FIA sin mayores contratiempos, Elba, entonces, estaba forzada a pagar ¢179.000 de su propio bolsillo: así lo hizo. El toldo en el que trabaja, ubicado al costado sur de la plazoleta que rodea la estatua de León Cortés, es quizá el que acoge el ejemplo más elocuente de la dinámica monetaria del Festival, el cual todos, a fuerza de campañas publicitarias y discursos políticos populistas, consideramos gratuito, pero que, visto de cerca, no lo es: alguien tiene que pagar por él, y ese alguien, muchas veces, no es más que un invitado. Pese al mal trago, Elba se refiere a Costa Rica en términos halagüeños. Dice que es un lindo país y que, una vez concluido el Festival, espera dedicar unos días para recorrer “la costa”. Cuando me lo cuenta, mi reacción es de sorpresa. Por reflejo, acato a decirle que son solo dos horas las que la separan del sol abrasador del Pacífico costarricense. “En Argentina tenemos que viajar un poco más”, dice. Me despido con un gesto seco. Mi fuero interno se retuerce. Dos horas para estar en una playa: dudo que sea una gran ventaja comparativa.
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En un texto publicado recientemente en su blog, el escritor español Alberto Olmos plantea una fuerte discusión sobre la pertinencia de los contenidos gratuitos —de cualquier índole— que se comparten en la Red. Hacia el final de su extensa disertación, Olmos sentencia: “Escribir es un acto libre y autocomplaciente que no tiene nada que ver con el dinero; lo único que tiene que ver con el dinero es pensar que lo haces gratis. Cuando las cosas son gratis, el dinero está por todos lados; es como aquello que decía Heinrich Böll de los ateos: siempre están hablando de Dios”. En una fiesta cultural que se promociona como gratuita, el capital, en sus distintas formas, está en cada rincón. El toldo principal de artesanos exuda márgenes de ganancia, aunque, al ser las 7 p. m. de un viernes por demás convulso, se percibe ya cansancio y desconsuelo. El azar me lleva hasta el primer puesto de artesanías, un pequeño entramado en donde se exhiben candelas aromatizadas. Echo un vistazo por las repisas: una veintena de candelas, de distintos tamaños y formas, se agrupan una al lado de la otra. Los precios van desde los ¢4.500 hasta los ¢42.000. El precio depende casi exclusivamente del tamaño de la pieza. Un pequeño letrero, puesto estratégicamente a la vista de los paseantes, anuncia que “se reciben tarjetas”. Al verlo intuyo, no sin algo de candor, que las ventas han estado muy bien durante el día; no obstante, el creador de las artesanías, un joven de gestos compungidos y verbo limitado, dice que no. La fuerza de sus palabras sobrepasa la barrera de cualquier transcripción: “Hoy no se ha hecho nada”. Son las 7:10 p. m. y una masa humana se desplaza por el lugar. Hay muchos compradores en potencia. “Quizá demasiados”, pienso.
Siento curiosidad por saber cuánto cuesta arrendar un puesto de artesanías. No puedo siquiera ensayar una suma: el Estado, en estos particulares, como en todos, suele ser impredecible. Más adentro, a mitad del primer gran toldo, observo un grupo de personas que se reúnen en torno a una venta de máscaras indígenas. Decido unirme a ellos. Al llegar, confirmo que son nativos borucas quienes están al comando del puesto. Ofrecen máscaras en madera de balsa confeccionadas a mano. Empatizo con ellos al instante. He viajado varias veces a su pueblo, y a la vecina comunidad de Rey Curré, en el sur recóndito del país. Conozco a la perfección la mística con que fabrican sus piezas, y también las carencias y el olvido que sufren los pobladores de la zona. Me desprendo del velo periodístico que me recubre y, con genuino interés, pregunto qué se debe hacer para optar por un puesto de venta de artesanías en la feria. “Pagar”, responde lacónicamente uno de los indígenas. Sin decir palabra, echando mano a la fuerza de los gestos, doy a entender que quiero saber más: quiero un número, una suma concreta. “¢300.000 por estos dos —señala las mesas que tiene enfrente—. De hoy hasta que termine el Festival”. La frase de Alberto Olmos, a este punto, se ha convertido en un mantra en mi cabeza: cuando las cosas son gratis, el dinero está por todos lados. Cuán cierto.
A diferencia de la venta de máscaras, el cuartel de “Gabi García” intenta emular la estética de las lujosas tiendas de joyería. Evidentemente, su esfuerzo es insuficiente. Protege sus productos de bisutería tras una vitrina colocada horizontalmente a lo largo del espacio que le fue asignado. Una familia —padre, madre e hija— se muestran interesados en la mercadería. La niña se prueba un anillo y, para su desgracia, no se puede desprender de él una vez puesto. Está atascado. La niña entra en pánico; sin embargo, decide resolver el inconveniente ella misma. Observo la escena a pocos metros. Me regodeo con la desesperación de la niña, quien, ya al borde del colapso nervioso, con su dedo visiblemente irritado, decide pedir auxilio. “Gabi García”, haciendo alarde de su experiencia, ejecuta una maniobra sutil y extrae el anillo. Lo mira con desconfianza: parece más interesada en proteger la integridad de la pieza que en el bienestar físico de su potencial compradora. Luego del incidente, el interés de la familia se desvanece: toman una tarjeta —sobresale en ella el logo de Facebook y una dirección de correo electrónico—, se despiden con una amabilidad impostada y parten sin decir que regresarán. Tal parece ser la dinámica entre vendedores y clientes: las transacciones son siempre una forma de la posibilidad.
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Siempre me han parecido apasionantes los personajes marginados; aquellos cuyo destino avieso los ha colocado en una posición desprovista de privilegios. En este festival, es de esperar, hay muchos. Desde que salí a hacer mi recorrido, los he visto deambulando sin compañía, un poco absortos, con la mirada puesta en todas partes —y en ninguna— al mismo tiempo. Hay una chica sentada en la cuneta de uno de los múltiples caminos que atraviesan La Sabana. Está sola y parece quieta entre las sombras. Antes de abordarla, pienso de antemano unas palabras. Suelo construir frases, e incluso diálogos completos, con el único afán de eliminar la brecha de sorpresa entre mis preguntas y las respuestas de mis interlocutores. He de admitirlo: fallo en una apabullante mayoría de los casos. Esta vez no fue distinto.
—¿Viniste a ver a Calle 13? —pregunto con tono dócil. La muchacha dilata su respuesta unos segundos. Engulle, famélica, unas galletas.
—No —responde, cortante. El escenario que tenía previsto, una conversación rutinaria, comienza a desmoronarse.
La chica vino a ver el juego de pólvora. Calle 13 no le interesa; las ventas de artesanía, tampoco. No está muy dispuesta a hablar, pero, aun así, lo hace: se queja del precio al que venden los programas del Festival —¢200, la mitad destinada a la organización Un Techo para mi País— y de la suma que hay que pagar por hacer uso de los baños —¢400—. “Antes no era así”, confiesa. Según me cuenta, es asidua visitante de otros festivales, entre ellos Transitarte y Enamorate de tu Ciudad. Se dedica al cuido de sus dos hermanas menores, quienes hoy no la acompañan. Para el momento en que estalle el juego de pólvora, no estaré. Habría seguido a esta chica con tal de ver su rostro iluminado por las luces; pero, repito, entonces estaré lejos, y la onda expansiva de la pirotecnia no me alcanzará.
Por momentos, tiendo a pensar que este festival gratuito es bastante atípico: la gratuidad riñe con el perfil del visitante que —se espera— consuma los bienes que se le ofrecen. En medio de la espesura del bosque, más allá de las miradas de los miles que a esa hora se agolpan alrededor del escenario donde tocará Calle 13, un modesto toldo de la marca Samsung acoge un pequeño grupo de jóvenes. Detrás de un mostrador, un encargado muestra las bondades de un teléfono “inteligente”. Todos están cautivados por la demostración. Algunos, los más osados, tocan, preguntan, comentan. El teléfono cuesta ¢500.000. Me pregunto qué habría pensado la chica del juego de pólvora si hubiese estado aquí presente: la chica que no pagó por usar un baño ni tampoco se molestó en adquirir un programa por una ínfima suma. El Festival es, al menos, un enorme criadero de paradojas.
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Topo con un agente de seguridad en el recodo de una calle oscura. No hay manifestaciones de vida humana en al menos cincuenta metros a la redonda, pero él está ahí, pendiente de algo que no ocurrirá. Se muestra reticente ante mis preguntas. Se nota incómodo. Trato de hacer breve mi interrogatorio. El muchacho tiene veintidós años y trabaja temporalmente para la empresa que presta el servicio de seguridad en el FIA. Según me dice, hay alrededor de doscientos efectivos recorriendo el perímetro del Festival. Todos son fácilmente identificables: llevan puestas camisetas amarillas, fosforescentes en la oscuridad. Conforme avanza la conversación, el joven toma confianza. Hace comentarios aleatorios y responde a preguntas que no le formulé. Lo agradezco. Al final, me dice que “tiene entendido” que su jornada de trabajo acaba a la misma hora que el concierto de Calle 13. Tiene entendido: no lo sabe a ciencia cierta. ¿Quién lo sabe?: nadie. El muchacho trabajará hasta que cese la música o hasta que el agotamiento le impida caminar.
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He visitado un mercado de artesanías, una ambulancia —solo de reojo—, un concierto apenas concurrido —en comparación con el espectáculo principal, cortesía de los boricuas— y una venta de helados. He sido un observador desapasionado: mi oficio me lo exige. Sin embargo, en los últimos minutos de una visita que se extendió más de lo deseado, me encuentro en compañía de varios haitianos que cantan su himno nacional al borde del paroxismo. Es la estación de la Casa de la Francofonía, que esta noche luce casi desierta. A mi lado, dos hombres mayores susurran las líneas del himno con los ojos cerrados y la mano sobre el pecho. La melodía es suave, y una voz femenina, desafinada quizá a causa de la deficiente acústica del lugar, guía a los demás e imprime fervor a la entonación. De forma involuntaria, me llevo la mano al pecho. El coro, que canta al unísono en creole haitiano, va bajando su intensidad. Cuando la realidad supera a la ficción, somos capaces de escoger finales. Si hubiese estado en mis manos, habría escogido este. Lo recorro mentalmente y me veo, en la película, como un tercero: un blanco, rodeado de negros, inventando palabras de un idioma que desconoce.
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