Por Danny Brenes.
A un metro de sus bordes más angostos, donde mueren los carriles, en el piso de azulejos de las piscinas olímpicas (al menos las que conozco, que por valor literario diría que no son pocas, pero que en realidad son solamente tres) se dibuja una te o, mejor, una cruz. Una cruz azul, gruesa, que se superpone al fondo de pequeños cuadros celestes, verduscos cuando se echa en falta la limpieza rutinaria. Su propósito no es secreto alguno: una, dos brazadas más y el nadador empuja su cuerpo hacia el fondo de la alberca, al tiempo que su espalda se contrae en un nudo apretado. 90, 135, 180. Las piernas juntas, encapsulando toneladas de fuerza en potencia; los brazos desaparecen, no importan, nadie se fija en ellos durante los dos segundos de salvaje precipitación de vuelta al centro de la piscina. 225, 270, 360 grados completos. La te, la cruz de agua, es la meta que señala el no final de todas las cosas. Es el fin y es el principio.
“La vuelta” es la línea que divide al verdadero nadador de la persona a-la-que-le-gusta-chapotear. Es, observada desde la orilla —a fin de cuentas, el único punto de vista que cuenta—, el único momento llamativo de la natación, además de los finales de competencia dramáticos. Al cabo, lo único que la gente quiere es eso, y nada más: velocidad y vueltas. Los nadadores son bólidos de carne y hueso y spandex marca Speedo, derrapando agua sobre el asfalto de cloro. Pero cualquiera puede ser veloz porque cualquiera tiene un buen día. La vuelta exige algo más a cambio. La vuelta separa los muchos de los pocos.
Yo nunca supe dar la vuelta.
Lo intenté muchas veces. Incluso, eso digo yo, estuve cerca de lograr algún dominio sobre la complicada-no-tan-complicada maniobra. Pero fueron fútiles mis esfuerzos. Mi problema, sin embargo, jamás fue uno común —y no es esto algo de lo que tome orgullo, pues bordeo lo ridículo—. No es que no lograse impulsar mi cuerpo hacia el nudo, el ciclón que forma el cuerpo contraído y en movimiento, destruyendo el agua. Tampoco era el clásico agua-en-la-nariz, asunto que nunca representó escollo para mí. Lo mío, lo que jamás me permitió ser un nadador, fue la cruz de agua, la te azul dibujada sobre el celeste sempiterno, sucio, verdusco, del suelo de la pileta. Tal vez por eso no llegué a ser nadador. Tal vez fue por eso o tal vez fue por algo más.
Se suponía que iba a ser algo sencillo. Así me lo decía. Dale, que es muy sencillo. Cuando veás la te, das una o dos brazadas, y juega. No, muy temprano. Otra vez. Dale. Una, dos, juega. No, lo hacés muy pronto. Vamos, otra. No, no. Te digo que así no. Mirá, ¿has pensado en otro deporte?
Las recriminaciones de Checo, silbato en mano, se propagaron durante años. Entretanto, él perdía la paciencia, yo me frustraba ante mi propia torpeza, y el límite de edad para participar en las competencias nacionales —máximo escenario para nuestro diminuto equipo, la incontestable UCD— se nos venía a todos encima. Sin la vuelta, yo estaba perdido. Sin mí, Checo debía concentrarse en alguna otra promesa con mayor juventud y mejores posibilidades de traer a casa alguna medalla más que la de gracias-por-participar-patrocina-MaxiMalta.
Si el míster había tirado la toalla, la lógica genérica indica dos posibles caminos a seguir: el clásico literaturadeayuda en el que el protagonista se enfrenta a sus demonios, persevera y finalmente resulta: a) soberbio mas humilde ganador, o b) honroso segundo lugar. La segunda opción, menos vistosa y literaria, es la de bajar los brazos y abandonar la alberca de una puta vez, al igual que Checo. Opté por la b). O quise hacerlo. Todo sería más sencillo ahora si hubiera elegido la b).
***
E. entró al agua con un clavado perfecto, fino, sordo. El chapoteador universal confunde la fuerza con la chapucería y cree que cuanto más suene su palma abierta abofeteando el agua, más y mejor su ejercicio. Error tercermundista. La natación, como cualquier otro deporte bien practicado, es un arte. El agua se acaricia. El espejo de su superficie no se rompe; las manos son cuchillas afiladas que crean incisiones cuidadosa y meticulosamente planeadas de previo. Cuanto más elegante y depurada sea la técnica, menor será el ruido. Lo mismo con brazadas, patadas, respiraciones y clavados. Y el de E. fue un clavado perfecto.
Checo ya se había marchado y yo seguía en el agua cuando ella llegó. Aquella, decía yo, era la despedida, el adiós definitivo a la alberca. Caía ya la tarde clara, pintando el cielo con una agonía naranja que perdía terreno ante el negro inconmensurable de la noche. Recostado contra el borde de la piscina, el agua hasta mi pecho agitado, intentaba recuperarme del esfuerzo, el último que llevaría a cabo en la pileta. Entonces, sobre mi cabeza voló un ave enorme, pintada de azul oscuro, silenciosa, que se zambulló como una puñalada asesina, certera.
E. no nadaba. E. volaba sobre la superficie diamantina, brillante y calma de la piscina. Se sumergió con una exhalación, como un resoplido que brotaba del agua misma, y luego emergieron, una a una, sus brazadas elegantes, sus patadas fuertes y continuas. Un motor imparable. Una lancha a propulsión. Una visión que me dejó en seco, incapaz de moverme mientras la observaba ir hacia allá, dar la vuelta (la vuelta, la vuelta) y regresar. Sus lentes oscuros no me permitieron echar un vistazo a sus ojos. Lo que sí pude ver, en esta ocasión con la ventaja del encuentro cercano, fue su segunda vuelta.
Sus piernas fuertes. Sus brazos inexistentes. No hay culo femenino menor de cuarenta (y no pocos que sobrepasan tan emblemática edad) que se vea mal dentro de una piscina, atrapado en licra, las gotas resbalando por dos maravillosos montículos de piel apetecible que invitan al crimen.
El movimiento plástico, salvaje, de un cuerpo retorciéndose entre gotas de agua que bien forman un lago, bien forman un ciclón, es la danza incorrupta, indescifrable, de un ser que intenta escapar de su realidad sumergiéndose en lo desconocido. Nadamos porque queremos dejar de ser. Nadamos porque el agua no nos deja ver. En la piscina dejamos de existir y estamos vivos, jóvenes, húmedos. Resulta cautivador y al mismo tiempo enfermizo.
Eso le dije a E., tiempo después, cuando me preguntó por qué me quedé allí, sentado sobre el borde de la alberca, sin hacer otra cosa más que mirarla con descaro; por qué, cuando ella finalmente salió del agua y me sonrió de manera obvia, evidente como una canción pop light, me quedé en silencio, sin saludarla; por qué, cuando caminó a mi lado exigiendo sus caderas al máximo y contoneando el traje de baño que apenas lograba —porque no quería— esconder sus bondades de carne y piel, no intenté abordarla. Y le dije eso a E.
Le mentí. Recordé que le estaba diciendo una mentira mientras la decía. Hice memoria mientras mentía solo para recordar que aquella tarde, cuando vi por primera vez a E., supe, de mano propia, que en el agua, no importa cuánta, así sea una piscina olímpica, jamás se terminan de esconder ni la sangre ni el semen.
