dic 19 2011

Cinismos subacuáticos (parte 1)

Secciones Uncategorizedsoho @ 10:16 pm

Por Danny Brenes.

A un metro de sus bordes más angostos, donde mueren los carriles, en el piso de azulejos de las piscinas olímpicas (al menos las que conozco, que por valor literario diría que no son pocas, pero que en realidad son solamente tres) se dibuja una te o, mejor, una cruz. Una cruz azul, gruesa, que se superpone al fondo de pequeños cuadros celestes, verduscos cuando se echa en falta la limpieza rutinaria. Su propósito no es secreto alguno: una, dos brazadas más y el nadador empuja su cuerpo hacia el fondo de la alberca, al tiempo que su espalda se contrae en un nudo apretado. 90, 135, 180. Las piernas juntas, encapsulando toneladas de fuerza en potencia; los brazos desaparecen, no importan, nadie se fija en ellos durante los dos segundos de salvaje precipitación de vuelta al centro de la piscina. 225, 270, 360 grados completos. La te, la cruz de agua, es la meta que señala el no final de todas las cosas. Es el fin y es el principio.

“La vuelta” es la línea que divide al verdadero nadador de la persona a-la-que-le-gusta-chapotear. Es, observada desde la orilla —a fin de cuentas, el único punto de vista que cuenta—, el único momento llamativo de la natación, además de los finales de competencia dramáticos. Al cabo, lo único que la gente quiere es eso, y nada más: velocidad y vueltas. Los nadadores son bólidos de carne y hueso y spandex marca Speedo, derrapando agua sobre el asfalto de cloro. Pero cualquiera puede ser veloz porque cualquiera tiene un buen día. La vuelta exige algo más a cambio. La vuelta separa los muchos de los pocos.

Yo nunca supe dar la vuelta.

Lo intenté muchas veces. Incluso, eso digo yo, estuve cerca de lograr algún dominio sobre la complicada-no-tan-complicada maniobra. Pero fueron fútiles mis esfuerzos. Mi problema, sin embargo, jamás fue uno común —y no es esto algo de lo que tome orgullo, pues bordeo lo ridículo—. No es que no lograse impulsar mi cuerpo hacia el nudo, el ciclón que forma el cuerpo contraído y en movimiento, destruyendo el agua. Tampoco era el clásico agua-en-la-nariz, asunto que nunca representó escollo para mí. Lo mío, lo que jamás me permitió ser un nadador, fue la cruz de agua, la te azul dibujada sobre el celeste sempiterno, sucio, verdusco, del suelo de la pileta. Tal vez por eso no llegué a ser nadador. Tal vez fue por eso o tal vez fue por algo más.

Se suponía que iba a ser algo sencillo. Así me lo decía. Dale, que es muy sencillo. Cuando veás la te, das una o dos brazadas, y juega. No, muy temprano. Otra vez. Dale. Una, dos, juega. No, lo hacés muy pronto. Vamos, otra. No, no. Te digo que así no. Mirá, ¿has pensado en otro deporte?

Las recriminaciones de Checo, silbato en mano, se propagaron durante años. Entretanto, él perdía la paciencia, yo me frustraba ante mi propia torpeza, y el límite de edad para participar en las competencias nacionales —máximo escenario para nuestro diminuto equipo, la incontestable UCD— se nos venía a todos encima. Sin la vuelta, yo estaba perdido. Sin mí, Checo debía concentrarse en alguna otra promesa con mayor juventud y mejores posibilidades de traer a casa alguna medalla más que la de gracias-por-participar-patrocina-MaxiMalta.

Si el míster había tirado la toalla, la lógica genérica indica dos posibles caminos a seguir: el clásico literaturadeayuda en el que el protagonista se enfrenta a sus demonios, persevera y finalmente resulta: a) soberbio mas humilde ganador, o b) honroso segundo lugar. La segunda opción, menos vistosa y literaria, es la de bajar los brazos y abandonar la alberca de una puta vez, al igual que Checo. Opté por la b). O quise hacerlo. Todo sería más sencillo ahora si hubiera elegido la b).

***

E. entró al agua con un clavado perfecto, fino, sordo. El chapoteador universal confunde la fuerza con la chapucería y cree que cuanto más suene su palma abierta abofeteando el agua, más y mejor su ejercicio. Error tercermundista. La natación, como cualquier otro deporte bien practicado, es un arte. El agua se acaricia. El espejo de su superficie no se rompe; las manos son cuchillas afiladas que crean incisiones cuidadosa y meticulosamente planeadas de previo. Cuanto más elegante y depurada sea la técnica, menor será el ruido. Lo mismo con brazadas, patadas, respiraciones y clavados. Y el de E. fue un clavado perfecto.

Checo ya se había marchado y yo seguía en el agua cuando ella llegó. Aquella, decía yo, era la despedida, el adiós definitivo a la alberca. Caía ya la tarde clara, pintando el cielo con una agonía naranja que perdía terreno ante el negro inconmensurable de la noche. Recostado contra el borde de la piscina, el agua hasta mi pecho agitado, intentaba recuperarme del esfuerzo, el último que llevaría a cabo en la pileta. Entonces, sobre mi cabeza voló un ave enorme, pintada de azul oscuro, silenciosa, que se zambulló como una puñalada asesina, certera.

E. no nadaba. E. volaba sobre la superficie diamantina, brillante y calma de la piscina. Se sumergió con una exhalación, como un resoplido que brotaba del agua misma, y luego emergieron, una a una, sus brazadas elegantes, sus patadas fuertes y continuas. Un motor imparable. Una lancha a propulsión. Una visión que me dejó en seco, incapaz de moverme mientras la observaba ir hacia allá, dar la vuelta (la vuelta, la vuelta) y regresar. Sus lentes oscuros no me permitieron echar un vistazo a sus ojos. Lo que sí pude ver, en esta ocasión con la ventaja del encuentro cercano, fue su segunda vuelta.

Sus piernas fuertes. Sus brazos inexistentes. No hay culo femenino menor de cuarenta (y no pocos que sobrepasan tan emblemática edad) que se vea mal dentro de una piscina, atrapado en licra, las gotas resbalando por dos maravillosos montículos de piel apetecible que invitan al crimen.

El movimiento plástico, salvaje, de un cuerpo retorciéndose entre gotas de agua que bien forman un lago, bien forman un ciclón, es la danza incorrupta, indescifrable, de un ser que intenta escapar de su realidad sumergiéndose en lo desconocido. Nadamos porque queremos dejar de ser. Nadamos porque el agua no nos deja ver. En la piscina dejamos de existir y estamos vivos, jóvenes, húmedos. Resulta cautivador y al mismo tiempo enfermizo.

Eso le dije a E., tiempo después, cuando me preguntó por qué me quedé allí, sentado sobre el borde de la alberca, sin hacer otra cosa más que mirarla con descaro; por qué, cuando ella finalmente salió del agua y me sonrió de manera obvia, evidente como una canción pop light, me quedé en silencio, sin saludarla; por qué, cuando caminó a mi lado exigiendo sus caderas al máximo y contoneando el traje de baño que apenas lograba —porque no quería— esconder sus bondades de carne y piel, no intenté abordarla. Y le dije eso a E.

Le mentí. Recordé que le estaba diciendo una mentira mientras la decía. Hice memoria mientras mentía solo para recordar que aquella tarde, cuando vi por primera vez a E., supe, de mano propia, que en el agua, no importa cuánta, así sea una piscina olímpica, jamás se terminan de esconder ni la sangre ni el semen.

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dic 12 2011

Figueres

Secciones Uncategorizedsoho @ 6:42 pm

Por Manfred Vargas.

Lágrimas mojan sus ojos. Trata de contener el llanto, pero finalmente no lo logra. Recuerda el calor de su casa, espaciosa y decorada con delicadeza, si bien un tanto sobria para su gusto. Piensa en sus familiares, a miles de kilómetros de distancia, y le parece que no los ha visto en años. Incluso, no sabe si podría reconocerlos en caso de que se los presentaran en este momento. Tanto trabajo, tanto estrés han hecho que su mente le empiece a jugar trucos y, ante la tensión y las horas de insomnio, llora.

Por un momento cree olfatear el aroma de un tamal. De aquellos tamales que preparaban las mujeres de su familia cada diciembre, cuando llegaba don Pepe a la mesa y, dejando de lado las preocupaciones de todo un país, se sentaba a disfrutar de un tamalito envuelto en hoja de plátano y acompañado de una aguadulce.

Los viajes tan frecuentes, los cambios constantes de huso horario, las reuniones interminables, los cuartos de hotel, anónimos: todos conspiran para crear un estado de vértigo y desorientación permanente. Los no lugares conducen a un no tiempo, pero está bastante segura de que ahora es diciembre y que, si este fuera otro momento en su vida, estuviese disfrutando de manjares navideños al lado de su familia.

Sin embargo, ya esos tiempos pasaron y no hay vuelta atrás. Se han adquirido nuevos compromisos, se aceptaron otras invitaciones. La patria está lejana, aunque siempre se lleve en el corazón. Ahora, el escenario es mundial y millones de personas están pendientes de lo que pueda hacer, de lo que pueda decir, de lo que pueda lograr. Los focos se posan sobre su rostro, los medios transcriben sus declaraciones, las redes sociales están a la expectativa de lo que pueda salir de su boca.

¿El lugar? Durban, Sudáfrica. ¿El motivo? La Cumbre de la ONU sobre Cambio Climático. ¿La protagonista? Christiana Figueres, responsable de la ONU en asuntos relativos al clima. ¿Qué dijo? No importa mucho. Se espera poco de estas reuniones-espectáculo, luego del fracaso del Protocolo de Kioto y la farsa de la Cumbre del 2009 en Copenhague. El mundo cae en desgracia, sin opción de volver atrás, pero lo único que importa es hacer más dinero.

Este año, como todos los otros, las negociaciones se extendieron improductivamente por más tiempo del que estaba dispuesto, los países en desarrollo y los desarrollados discutieron entre sí, sin alcanzar consensos, y se aprobó un acuerdo final que a nadie le gusta, pero que, según la opinión de la mayoría, es mejor que nada.

Ella vuelve a casa luego de la larga jornada, mas ninguna persona la saluda en el aeropuerto; ni siquiera la reconocen, a pesar de su famoso apellido. Por ahora, solo importa la familia y el olor del tamal.

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dic 05 2011

Yo y la poesía (parte uno)

Secciones Uncategorizedsoho @ 9:41 pm

Por Alberto Calvo.

Primera parte de una serie de microrelatos, en clave picaresca, sobre mis breves pero contundentes encuentros con la poesía.

Gustavo Adolfo Bécquer:

Corría el año 2002 o 2003 o, en cualquier caso, un año malo, malo con ganas. Tengo trece o catorce; no sé, poco importa. Vamos a decir, con el afán de dotar a este relato de una cierta atmósfera, que era una tarde de verano y hacía calor. Una especie vaporosa e intermitente de calor que solo es posible sentir en Cartago. Una humareda que, al fundirse con el resabio de una llovizna apenas insinuante, matiza un cielo pequeño: una bóveda de arcoíris.

Curioso que comience con tanta retórica una anécdota cuyo protagonista soy yo, un ser nada literario. Lo cierto es que ahí voy, camino distendido hacia el escritorio de la profesora de Letras, tomo fuerzas de flaqueza y le digo que ya me he aprendido el poema de Bécquer, que  estoy listo para declamarlo. En cuestión de segundos seré el hazmerreír de la clase, el homosexual reprimido, el sapo reincidente. De nuevo, poco importa. Aclaro la voz y, con la mirada fija en el cielo raso y las manos entrecruzadas, columpiándose justo enfrente del sexo, disimulando una prematura erección, dejo fluir las palabras. Desde este ángulo, el escote de la profesora luce impecable. Dos pechos turgentes, como puestos con la mano, ensanchan la membrana que no es membrana, sino un retazo de alguna tela barata, blusa multicolor para más señas, pero que mañana será tan solo un vil harapo en mis manos —sueño despierto—. Al concluir, quiero pensar que venturoso, la cuarta rima, sé que Bécquer ha hecho el trabajo por mí y que esa misma noche —no mañana—, en un céntrico apartamento de la antigua capital, destartalado por lo demás, conoceré la poesía, la verdadera poesía, entre las piernas de esa que ahora mismo tiembla al anotar un cien en sus registros.

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nov 14 2011

Anónimos

Secciones Uncategorizedsoho @ 4:56 pm

Por Manfred Vargas.

Como ya habrán escuchado, luego de su exitosa destrucción de la popular red social Facebook, Anonymous ha librado el que probablemente sea su golpe más espectacular hasta el momento: la completa desarticulación de la infame y sanguinaria agrupación criminal Los Zetas, quienes por años sembraron el terror y el caos en varias regiones de México y Centroamérica.

¿Ah, no?

Por supuesto que no.

En estas y otras páginas, ya he comentado más de una vez sobre la tendencia de la prensa de informar acríticamente cualquier evento relacionado con tecnología. Es una actitud en la que todo lo relacionado con la web y sus diferentes manifestaciones tiene que ser positivo, y en donde todos aquellos “gurús” dedicados al progreso de la computación son automáticamente seres superiores con un pie en el Premio Nobel de la Paz y otro, en las puertas del cielo.

Claro, no solo es la prensa. Hay toda una industria de “académicos” que se dedican a exaltar los milagros de la web 2.0, con un estilo de redacción que cualquier lector confundiría con un comunicado de prensa. En las mismas escuelas de Periodismo, ahora la moda está en la revolución de las “redes sociales” y en lo emocionante que es este cambio paradigmático, sin adoptar una postura crítica ante lo que esto pueda significar.

En este contexto, el caso de Anonymous es especialmente fascinante porque es un grupo de hackers activistas, quienes ocultan su identidad mientras se dedican a realizar travesuras virtuales de carácter contestatario. Se dice que su estructura es completamente descentralizada y que cualquiera puede ser parte del grupo. Por lo tanto, su naturaleza es imposible de encasillar, y la identidad de sus miembros es un misterio.

Eso ha provocado que los medios empiecen a ver miembros de Anonymous por doquier y consideren que vale la pena reportar, como si fuera verdad, cada acto que se dice que esta agrupación planea cometer. Por ejemplo, alguien que decía hablar en nombre de Anonymous declaró que el 5 de noviembre pasado se iban a traer abajo a Facebook, por lo que decenas de medios dieron a conocer la noticia, aun cuando personas relacionadas con el grupo desmintieron repetidamente tal afirmación.

Lo último fue la ocurrencia de una supuesta célula mexicana de Anonymous que, en un video colgado en YouTube, amenazó con revelar información secreta de Los Zetas (informantes, contactos, etc.) si no liberaban a un supuesto hacker que aparentemente fue secuestrado por ese cartel en las calles de Veracruz.

Rápidamente, los titulares anunciaban: “Anonymous le declara la guerra a Los Zetas”. Periodistas serios que dedicaron más de quince minutos a investigar sobre este hecho, se dieron cuenta de que no había pruebas que respaldaran la legitimidad de la participación de Anonymous en esta amenaza, por lo que era bastante probable que quienes estuvieran detrás de este video fueran farsantes o bromistas. No es que eso haya mermado la atención de los medios, pues todavía aseguran que Anonymous y Los Zetas están prontos a librar una batalla a muerte.

Esta noticia se enmarca en una creciente histeria que liga a las redes sociales con la guerra contra las drogas en México, país en donde recientemente dos tuiteros fueron arrestados y puestos en prisión por varios días debido a supuesto terrorismo virtual y en el que los medios dicen que Los Zetas han asesinado a usuarios de redes sociales que reportan sobre sus acciones criminales, aun cuando no existe ninguna prueba real que relacione estos asesinatos con el uso del Internet.

Tal parece que en este valiente, nuevo mundo virtual, la rigurosidad y el escepticismo quedaron atrás. Si el Internet lo dice, es noticia y es verdad, no hay nada más que investigar.

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nov 01 2011

Así Nacidos

Secciones Uncategorizedsoho @ 4:51 am

Por Danny Brenes.

Hace poco más de dos semanas concluí la lectura de una de las novedades más sonadas durante el año en el diminuto mundillo literario costarricense —aunque la obra en cuestión sea salvadoreña—: Heterocity, del conocido (tan conocido como puede ser un escritor local en la región, en todo caso) Mauricio Orellana Suárez.

Las casi 500 páginas de la obra, editada y publicada por Lanzallamas, y que fuera premiada, a principios de año, con el Mario Monteforte Toledo, uno de los galardones más importantes en materia literaria en el Istmo, al que fue presentada con el título de esta entrada, relatan un número de historias paralelas que se entrecruzan entre sí hasta abrazarse en un nudo final, atado con maestría por la pluma del cuscatleco.

Juntas, estas líneas dibujan el entramado de una ciudad en la que la libertad sexual y la represión chocan, a veces de manera frontal, en otras tantas ocasiones bajo el manto de la hipocresía, de los tapujos y de la mojigatería.

En concreto: un diputado de izquierda, ante la oportuna aparición de un miembro de los movimientos por los derechos de los grupos LGBT, presenta ante la Asamblea Legislativa un proyecto que legalice, de manera contundente y definitiva, las uniones civiles entre parejas del mismo sexo, al tiempo que les permite a estas la adopción de niños.

En su camino topará con enemigos que él mismo no conocía; puñales de acero frío se clavarán en su espalda, puñales que desangran y manchan el expediente de una carrera y una vida que caen al suelo en trizas.

Entre tanto, un grupo de asistentes a una disco gay es puesto en cautiverio por un grupo de hombres extraños, armados, sombríos. Son obligados a permanecer encerrados dentro de un clóset gigante y juntos deberán soportar los embistes traicioneros de una sociedad de dos caras; una sociedad que esconde lo que le estorba, pero lo hace bajo el velo de lo secreto, lo que otros no deben saber.

Además de estos dos grandes ríos de flujo narrativo, Mauricio nos enfrenta con tantas otras historias: las vivencias de un homosexual al que un grupo de católicos conservadores pretende “curar”; una mujer de ultraderecha que por sí sola es capaz de hacer temblar los pilares de la libertad de expresión; un joven suicida, azotado por la culpa de haber seguido los impulsos que su cuerpo le enviaba. El etcétera es largo, exhaustivo.

Todas estas historias comienzan y terminan con la frase que, como una amenaza por saludo de bienvenida, los editores astuta y acertadamente guindaron en la primera línea del texto de contratapa del libro: ¿Debe legalizarse el matrimonio de parejas del mismo sexo?

Lo que Mauricio nos brinda no es precisamente un catálogo de razones por las que la respuesta a dicha pregunta debe ser positiva. No, en su lugar, el autor ofrece el retrato de ese océano de opiniones y visiones de mundo en el cual navega, día a día, ahí afuera, en el mundo real, tal cuestión; por la que tantos luchan, con justa razón, y a la que tantísimos se oponen, a veces por cuestiones que escapan de su comprensión.

Orellana entrega a los lectores la posibilidad de conocer, desde adentro, un mundo al que los heterosexuales rara vez tenemos oportunidad de llegar. Heterocity es, además de una gran obra artística, un documento de peso que se erige como piedra angular en la lucha de las minorías sexuales.

Una lucha que no cede espacios, que se atrinchera: que tiene por objetivo la libertad.

Y, cada tanto, gana una que otra batalla.

Claro, hasta que se llega a los comentarios.

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oct 25 2011

Decadencia

Secciones Uncategorizedsoho @ 4:47 am

Por Manfred Vargas.

Desde hace un buen tiempo, he venido desarrollando una fascinación por todas aquellas cosas que se encuentran en estado de desmoronamiento.

Ese interés usualmente se concentra en las ruinas urbanas, eso que los angloparlantes llaman, de manera secamente poética, urban decay. Esta decadencia urbana se encuentra principalmente en los viejos polos industriales de países como Estados Unidos, cuyas fábricas son trasladadas a Latinoamérica o Asia para abaratar costos, dejando tras de sí un rastro de desempleo, pobreza y descuido.

Pero este tipo de ambientes me fascinan no necesariamente por un humanismo o una filantropía desbordante, sino por una fijación puramente estética. Es decir, hay un cierto placer a la hora de observar estas imágenes de abandono y deterioro. Un placer que algunos comparan con la pornografía.

Ruin porn es un término que ha empezado a rondar para referirse a esa obsesión por ciudades que ya han visto sus mejores días. Carreras enteras de artistas y académicos se han construido alrededor de la representación y el análisis de estos lúgubres escenarios (riot porn fue otro término popularizado ante el entusiasmo desplegado por los tabloides sensacionalistas a la hora de cubrir la destrucción material llevada a cabo en los disturbios británicos de este año).

No hay que tener un doctorado en Ciencias Sociales o en Filosofía para darse cuenta que este interés “pornográfico” por las diferentes manifestaciones de la decadencia tiene que ver con un asunto de mortalidad, de asombro y atracción por presenciar el fin o la destrucción de las cosas tal como las conocemos. Y, por supuesto, la culminación de esa tendencia termina siendo la llamada death porn.

La mayoría de las veces, las cosas que más nos atraen son aquellas que no podemos comprender, y, en el mundo de lo incomprensible, la muerte es reina. Por eso nos fijamos por la ventana del carro cuando hay accidentes. Por eso un video de un periodista decapitado por talibanes en Afganistán se convirtió en un morboso éxito viral. Por eso nos han recetado las imágenes de los últimos minutos de vida de Muammar Gadafi, el exdictador de Libia, una y otra y otra vez en los últimos días.

Lo curioso de este último caso de death porn es que la discusión mediática giró alrededor del hecho de que NO pudimos ver la muerte de Gadafi. Los videos disponibles lo muestran ensangrentado antes de morir, mientras es insultado por las fuerzas rebeldes. En las siguientes imágenes que se tienen de él, ya se encuentra muerto. Eso nos frustra y nos enoja porque no concebimos cómo, en esta época en que ya nada es privado y lo banal es noticia, un evento tan importante como la muerte de un dictador no pudo haber sido grabada.

Y es que en los tiempos de las telecomunicaciones omnipresentes, ya hasta la muerte es de dominio público. Mucho más en el caso de un déspota que el mundo aprendió a odiar en los últimos meses. Porque, si bien es cierto que hay algo de curiosidad sobre la naturaleza de la mortalidad detrás de estas fascinaciones mediáticas, la verdadera razón por la que nos interesan tanto las imágenes de una esplendorosa ciudad en el camino a la destrucción, como las de un político ensangrentado cercano a la muerte, es la misma.

El perverso y morboso placer de ver a los poderosos caer.

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oct 18 2011

La dama reumática

Secciones Uncategorizedsoho @ 5:37 am

Por Alberto Calvo.

Usualmente, me dirijo a los ancianos con un cierto grado de consideración. Nunca he entendido por qué, en un autobús, debo cederle mi lugar a una persona que, aunque me triplique la edad, en realidad no conozco y que, en una escala de méritos, tampoco creo que haya hecho demasiados como para arrebatarme un asiento en el transporte público. Está bien, soy cerrado, tiendo a racionalizar todo más de la cuenta; pero eso no quita que aún conserve un mínimo de sensibilidad o que acostumbre dar el beneficio de la duda en disputas que, de resolverse a mi favor, pueden dejarme como el psicópata despiadado que no soy (p. ej.: en la fila de un banco).

Sin embargo, en el caso que hoy me ocupa, hago expreso mi deseo de echar por la borda cualquier resabio de corrección política —esa forma velada de hipocresía— o de ideología “progre” que pudiese haber absorbido en todos mis años de formación. Porque no hay nada más catártico que llamar vieja decrépita reumática a una señora que roza la mitad de sus setentas. Porque no creo que exista terapia más liberadora ni exorcismo más efectivo que el referirse a una dama ignorante, retrógrada, desquiciada por la senectud y en franco declive de sus facultades como eso que es y que la estética conservadora del siglo XIX censura en su manual. Todas esas maniobras poco ortodoxas resultan aún más gratificantes si hacemos que su destinataria tenga nombre propio, y que ese nombre sea María Kodama.

Kodama, mejor conocida por ser la viuda de Jorge Luis Borges, recientemente sorprendió al mundo algo cándido de la literatura y le asestó un golpe inesperado: obligó a la editorial Alfaguara a retirar del mercado el libro El Hacedor (de Borges), Remake, del escritor español Agustín Fernández Mallo. La decisión habría gozado de algo de legitimación si no hubiese sido tomada unilateralmente y de forma automática por un cuerpo de abogados, que dudo mucho que se hayan tomado la molestia de verificar la originalidad de la obra o siquiera le hayan dedicado un par de vistazos solo para comprobar que la denuncia no era solo un delirio más de la abuela demente paranoica (por tratarla con un par de eufemismos baratos).

Como lo enuncia su nombre, El Hacedor (de Borges), Remake es una especie de tributo al original, escrito por Borges en 1960. No hace falta aclarar, quizá porque aún no se ha inventado cabeza capaz de albergar tan ingentes cuotas de estupidez, que el texto de Fernández Mallo no es, ni de lejos, un plagio. Habría que padecer de un alarmante síndrome de descalcificación cerebral para fusilarse el título de una obra y, además de reproducir el todo o una parte de su contenido, exigir como propia la autoría. Quizá solo una mente tan obtusa como la de María Kodama, secundada por el ingenio de algún notario desempleado, pueda concebir semejante disparate.

Lo cierto es que, a este punto de la discusión, la obra fue retirada de los anaqueles, y ni el clamor de un grupo de escritores e intelectuales —quienes redactaron una carta en respaldo a Fernández Mallo— ni la abierta desaprobación por parte de una enorme comunidad de críticos y lectores han podido hacer recapacitar a los abogados (en el caso de Kodama, la batalla está perdida). No quisiéramos juzgar la calidad literaria del texto en cuestión —del cual apenas contamos con exiguas sospechas—: en este mundo, si es que queda algún derecho, ese sería el poder optar por una carrera de escritor mediocre. Los malos escritores deberían morir en la hoguera, en la horca, en cualquier paredón de traspatio: nunca en el pozo ciego de la censura.

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oct 11 2011

Ojos todo terreno

Secciones Uncategorizedsoho @ 8:39 pm

Por Danny Brenes.

La exhalación lenta, honda, que brotó desde el confín de mis pulmones tras revisar el periódico fue la más honesta que recuerdo. Apenas unos segundos antes, mis ojos se movían a un ritmo frenético por las largas columnas de nombres, números y cifras tenebrosas. Era la primera emisión oficial de los resultados de la prueba más fuerte a la que nos veíamos enfrentados los choferes criollos. Los resultados de las primeras semanas de funcionamiento de las cámaras de vigilancia automática en diversos puntos de las principales carreteras de la Suiza. Nuestro bachillerato.

La instalación y, sobre todo, la puesta en funcionamiento de las cámaras ha sido toda la furia en los diversos medios de comunicación desde principios de setiembre. Las opiniones han volado por prensa escrita, televisiva, radiofónica y digital como bombas soviéticas que dejan a Berlín en cuidados paliativos.

Al respecto, tengo un par de opiniones:

1. La inteligencia matemática no puede ser juez. Nunca. Porque una máquina no hace más que seguir instrucciones delimitadas con puño de hierro. No por ello será justo que quien sobrepasa por un solo kilómetro el límite establecido pague una cantidad exorbitante de dinero, el mismo que pagaría quien supere el límite por veinte kilómetros (que, a diferencia del primer caso, sí representa un incremento notable en la velocidad del vehículo).

No pretendo defender a nadie, ni mucho menos. Es una cuestión de razonamiento lógico y de sensibilidad. No siempre resulta sencillo reducir la velocidad a 60 km/h (particularmente cuando el límite inmediatamente anterior es de 90 km/h).

2. Sí, estoy feliz de no haber sido sorprendido a altas velocidades por el lento todo-terreno-toda-condición-climatológica de los nuevos ojos del Gran Hermano. Sin embargo, sería hipócrita no admitir que, tan pronto alcancé un punto de la carretera que consideré fuera del radio de visión de las cámaras, aceleré y alcancé una velocidad superior.

¿Soy un mal chofer? Tal vez, pero —afortunadamente— ese no es el punto. Lo importante aquí es que estamos obviando algo: la vigilancia jamás será mejor herramienta que la educación.

Cosevi anuncia ufano, radiante, triunfal, el decrecimiento radical en las velocidades que los choferes alcanzan al pasar por los puntos vigilados. Vale, sí.

¿Es esta la llave mágica para dejar atrás finalmente el fantasma de los accidentes en carretera? No lo es. No mientras el costarricense promedio opte por convertirse en un “todo lo puedo” detrás del volante; no mientras la terapia para desahogar el estrés y las preocupaciones diarias sea conducir de manera temeraria, sin la menor consideración por quienes se movilizan al lado.

Educación, educación. Apropiada educación. Es la única forma de combatir a los choferes irresponsables. Entretanto, el cambio será solo una careta ilusoria. El MEP en silencio, Cosevi ufano.

Todo lo anterior cuenta a menos, claro, que la idea no sea educar al chofer para que controle sus hábitos de velocidad, sino sacar provecho económico de ellos. Ya esa es otra.

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oct 03 2011

Románticos

Secciones Uncategorizedsoho @ 5:29 pm

Por Manfred Vargas.

Existe una tendencia entre los fanáticos del fútbol que trata de devolverle una especie de nostálgica inocencia a su deporte favorito.

Pretendemos que nos importa si un jugador golpea a otro y reaccionamos histéricos ante eventos como los de hace unas semanas. Decimos que fue “bochornoso” y “lamentable”, y exigimos el castigo más severo en contra del agresor.

Sin embargo, toda esa indignación es falsa. De igual forma que en el colegio, cuando todos corríamos con emoción a observar cómo se desataban unos “pichazos”, los golpes en un ambiente controlado y externo a nosotros, como una cancha de fútbol, nos fascinan y nos despiertan del soporífero desarrollo de muchos de los partidos de nuestro fútbol nacional.

Como ejemplo vivo de esa realidad, están los programas deportivos de televisión, que no ahorran palabras a la hora de manifestar su desaprobación por las acciones violentas. No obstante, se divierten hasta el cansancio repitiendo las escenas de las trifulcas, mismas que son presentadas con la misma mezcla de júbilo interior y placer culposo que provocan aquellas cosas que secretamente nos fascinan.

Pese a todo, seguimos ahí, clamando fair play, solidaridad y respeto, como si el fútbol todavía lo jugaran 22 señoritos en la campiña inglesa y no fuéramos nosotros mismos los culpables de exaltar un juego cada vez más individualista, en el que los mejores jugadores semejan dioses terrenales (y les pagan como tales).

Los gringos lo entendieron rápido. Alérgicos al colectivismo, inventaron (o replantearon) deportes en los que, más allá de la necesidad del juego en equipo, la estrella es fácilmente reconocible, y todos los demás dependen de ella. Solo es necesario recordar el clásico ejemplo del mariscal de campo en el fútbol americano, cuyo nombre ya nos deja claro quién es el que manda en esa guerra.

No les ha ido del todo mal a los norteños con ese individualismo, sin importar lo que digan esos hippies molestos que se contentan acampando en su propia mugre a la sombra de Wall Street. Pero si de verdad queremos encontrar lo más cercano a un deporte respetuoso de tradiciones honorables, mejor será irse al extremo sur del mundo.

Ahí, en Nueva Zelanda, se está llevando a cabo el Mundial de Rugby, el deporte más “violento” del orbe. En el rugby, las embestidas no cesan durante 80 minutos. Demanda un despliegue físico como pocas veces se observa en un deporte colectivo. Todos al piso y de inmediato para arriba, sin quejarse ni dar vueltas por el césped en señal de “agonía”.

Juegan todos; desde torres de casi dos metros hasta flacuchos de 1,65: hay un puesto para cada estatura. Al árbitro se le respeta, solo le habla el capitán, y nadie protesta. Al rival se le enfrenta lealmente. Conociendo de antemano que es un juego de contacto, se deben seguir las reglas al pie de la letra; de lo contrario, los resultados podrían ser funestos. Al final, el público aplaude el esfuerzo agotador, los jugadores se saludan y, dependiendo del partido, todos van al Tercer Tiempo, en donde los dos equipos comparten una cena.

El rugby es tan romántico que hasta el año 1995 se consideraba amateur. Ya lleva más de quince años en la élite profesional y ha sufrido las consecuencias: más dinero, patrocinadores, espectadores, expectativas. Sin embargo, en contraste a lo sucedido con el fútbol, ha mantenido su integridad. A pesar de que, cada tanto, algunos jugadores se agarran a las trompadas, se les sanciona y listo, ahí acaba el asunto; nada de buscar chivos expiatorios en problemas sociales de ninguna clase.

Los tiempos cambian y, con ellos, la naturaleza de los deportes y de la sociedad en general. A veces no está de más ser un poco cautelosos cuando esos cambios implican la erosión de valores humanos que nos resultan caros. Porque en el rugby, como en otros aspectos de la vida, tirarse de cabeza es falta. Solo que, a diferencia de Wall Street, aquí sí pitan penal.

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sep 19 2011

El olvido

Secciones Uncategorizedsoho @ 8:30 pm

Por Danny Brenes.

… no parecía triste y allí radicaba precisamente la tristeza infinita”, dice Belano sobre Carlos Wieder. Y lo dice cuando todo está a punto de acabar, cuando el telón se apresta a caer. Antes de espetar tal frase —certera, furiosa— ha narrado 153 páginas de búsqueda, de desolación y de, digámoslo así, desnudez.

Arturo Belano es, para quienes no tienen la dicha de saberlo, el álter ego del autor chileno-mexicano-catalán Roberto Bolaño. Arturo —cuyo nombre es un fácil, pero no por ello torpe, anagrama— protagoniza varias de las obras de Bolaño, como la mítica Los detectives salvajes y la que hoy nos interesa, la venenosa Estrella Distante.

Sobre ella, el eterno Jorge Herralde –director y fundador de una de las casas editoras más célebres de la lengua de Cervantes– no se guardó elogios. “Es la novela corta perfecta”. Cómo no creerle a Herralde.

Vamos a ello. Veloz, peligrosa, Estrella Distante cuenta la historia y búsqueda de Carlos Wieder, un hombre de misterio; poeta distante durante los años de Allende y desaparecido con el golpe del 73. Nosotros, lectores privilegiados, no le hemos perdido la pista. Sabemos, sí, que su verdadera identidad era la de un piloto de las Fuerzas Aéreas Chilenas. Un piloto golpista, a quien se le atribuyen cientos, miles de crueles desapariciones.

Pero Wieder no es un personaje plano. Al lado de su crueldad, está su arte. Poeta de los cielos. A bordo de su avión, escribe versos sobre los cielos de Santiago —y, en una ocasión, de la Antártida—. Más tarde llevará a cabo una exposición de fotografías de sus víctimas desaparecidas, torturadas, mutiladas. Todas, retratadas segundos antes de que la vida se esfumara de sus ojos.

Un dandy del horror. Un artista del miedo.

Un hombre del que no queremos saber nada, pero que, sin embargo, nos embriaga y nos ata a una historia que quisiéramos no acabara jamás, porque una historia así solo puede acabar mal para todos: para los personajes, para el autor…, para el lector.

¿Qué es lo que hace Bolaño que construye esa adicción en el pecho del lector? ¿Qué es lo que vemos reflejado en las páginas de sus obras? ¿Por qué ese vacío que produce terminar una novela del chileno nos llena tanto?

Hablo a título personalísimo cuando digo que el secreto está en esa capacidad que mencionaba arriba, la de desnudarnos. La de hacernos ver en sus letras el reflejo no necesariamente de lo que somos, sino de lo que tememos ser.

Esas son las fotografías de Carlos Wieder. Nuestro miedo. Nuestra sombra.

Y la pregunta del caso es: ¿qué tiene que ver esto con actualidad?

Posiblemente nada. O tal vez todo. Tal vez, Estrella Distante sea un recordatorio del miedo. El miedo al olvido. El miedo a que esta, tu historia, Chile, y la de todos nosotros, nos ocurra de nuevo.

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