nov 14 2011

Anónimos

Secciones Uncategorizedsoho @ 4:56 pm

Por Manfred Vargas.

Como ya habrán escuchado, luego de su exitosa destrucción de la popular red social Facebook, Anonymous ha librado el que probablemente sea su golpe más espectacular hasta el momento: la completa desarticulación de la infame y sanguinaria agrupación criminal Los Zetas, quienes por años sembraron el terror y el caos en varias regiones de México y Centroamérica.

¿Ah, no?

Por supuesto que no.

En estas y otras páginas, ya he comentado más de una vez sobre la tendencia de la prensa de informar acríticamente cualquier evento relacionado con tecnología. Es una actitud en la que todo lo relacionado con la web y sus diferentes manifestaciones tiene que ser positivo, y en donde todos aquellos “gurús” dedicados al progreso de la computación son automáticamente seres superiores con un pie en el Premio Nobel de la Paz y otro, en las puertas del cielo.

Claro, no solo es la prensa. Hay toda una industria de “académicos” que se dedican a exaltar los milagros de la web 2.0, con un estilo de redacción que cualquier lector confundiría con un comunicado de prensa. En las mismas escuelas de Periodismo, ahora la moda está en la revolución de las “redes sociales” y en lo emocionante que es este cambio paradigmático, sin adoptar una postura crítica ante lo que esto pueda significar.

En este contexto, el caso de Anonymous es especialmente fascinante porque es un grupo de hackers activistas, quienes ocultan su identidad mientras se dedican a realizar travesuras virtuales de carácter contestatario. Se dice que su estructura es completamente descentralizada y que cualquiera puede ser parte del grupo. Por lo tanto, su naturaleza es imposible de encasillar, y la identidad de sus miembros es un misterio.

Eso ha provocado que los medios empiecen a ver miembros de Anonymous por doquier y consideren que vale la pena reportar, como si fuera verdad, cada acto que se dice que esta agrupación planea cometer. Por ejemplo, alguien que decía hablar en nombre de Anonymous declaró que el 5 de noviembre pasado se iban a traer abajo a Facebook, por lo que decenas de medios dieron a conocer la noticia, aun cuando personas relacionadas con el grupo desmintieron repetidamente tal afirmación.

Lo último fue la ocurrencia de una supuesta célula mexicana de Anonymous que, en un video colgado en YouTube, amenazó con revelar información secreta de Los Zetas (informantes, contactos, etc.) si no liberaban a un supuesto hacker que aparentemente fue secuestrado por ese cartel en las calles de Veracruz.

Rápidamente, los titulares anunciaban: “Anonymous le declara la guerra a Los Zetas”. Periodistas serios que dedicaron más de quince minutos a investigar sobre este hecho, se dieron cuenta de que no había pruebas que respaldaran la legitimidad de la participación de Anonymous en esta amenaza, por lo que era bastante probable que quienes estuvieran detrás de este video fueran farsantes o bromistas. No es que eso haya mermado la atención de los medios, pues todavía aseguran que Anonymous y Los Zetas están prontos a librar una batalla a muerte.

Esta noticia se enmarca en una creciente histeria que liga a las redes sociales con la guerra contra las drogas en México, país en donde recientemente dos tuiteros fueron arrestados y puestos en prisión por varios días debido a supuesto terrorismo virtual y en el que los medios dicen que Los Zetas han asesinado a usuarios de redes sociales que reportan sobre sus acciones criminales, aun cuando no existe ninguna prueba real que relacione estos asesinatos con el uso del Internet.

Tal parece que en este valiente, nuevo mundo virtual, la rigurosidad y el escepticismo quedaron atrás. Si el Internet lo dice, es noticia y es verdad, no hay nada más que investigar.

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nov 01 2011

Así Nacidos

Secciones Uncategorizedsoho @ 4:51 am

Por Danny Brenes.

Hace poco más de dos semanas concluí la lectura de una de las novedades más sonadas durante el año en el diminuto mundillo literario costarricense —aunque la obra en cuestión sea salvadoreña—: Heterocity, del conocido (tan conocido como puede ser un escritor local en la región, en todo caso) Mauricio Orellana Suárez.

Las casi 500 páginas de la obra, editada y publicada por Lanzallamas, y que fuera premiada, a principios de año, con el Mario Monteforte Toledo, uno de los galardones más importantes en materia literaria en el Istmo, al que fue presentada con el título de esta entrada, relatan un número de historias paralelas que se entrecruzan entre sí hasta abrazarse en un nudo final, atado con maestría por la pluma del cuscatleco.

Juntas, estas líneas dibujan el entramado de una ciudad en la que la libertad sexual y la represión chocan, a veces de manera frontal, en otras tantas ocasiones bajo el manto de la hipocresía, de los tapujos y de la mojigatería.

En concreto: un diputado de izquierda, ante la oportuna aparición de un miembro de los movimientos por los derechos de los grupos LGBT, presenta ante la Asamblea Legislativa un proyecto que legalice, de manera contundente y definitiva, las uniones civiles entre parejas del mismo sexo, al tiempo que les permite a estas la adopción de niños.

En su camino topará con enemigos que él mismo no conocía; puñales de acero frío se clavarán en su espalda, puñales que desangran y manchan el expediente de una carrera y una vida que caen al suelo en trizas.

Entre tanto, un grupo de asistentes a una disco gay es puesto en cautiverio por un grupo de hombres extraños, armados, sombríos. Son obligados a permanecer encerrados dentro de un clóset gigante y juntos deberán soportar los embistes traicioneros de una sociedad de dos caras; una sociedad que esconde lo que le estorba, pero lo hace bajo el velo de lo secreto, lo que otros no deben saber.

Además de estos dos grandes ríos de flujo narrativo, Mauricio nos enfrenta con tantas otras historias: las vivencias de un homosexual al que un grupo de católicos conservadores pretende “curar”; una mujer de ultraderecha que por sí sola es capaz de hacer temblar los pilares de la libertad de expresión; un joven suicida, azotado por la culpa de haber seguido los impulsos que su cuerpo le enviaba. El etcétera es largo, exhaustivo.

Todas estas historias comienzan y terminan con la frase que, como una amenaza por saludo de bienvenida, los editores astuta y acertadamente guindaron en la primera línea del texto de contratapa del libro: ¿Debe legalizarse el matrimonio de parejas del mismo sexo?

Lo que Mauricio nos brinda no es precisamente un catálogo de razones por las que la respuesta a dicha pregunta debe ser positiva. No, en su lugar, el autor ofrece el retrato de ese océano de opiniones y visiones de mundo en el cual navega, día a día, ahí afuera, en el mundo real, tal cuestión; por la que tantos luchan, con justa razón, y a la que tantísimos se oponen, a veces por cuestiones que escapan de su comprensión.

Orellana entrega a los lectores la posibilidad de conocer, desde adentro, un mundo al que los heterosexuales rara vez tenemos oportunidad de llegar. Heterocity es, además de una gran obra artística, un documento de peso que se erige como piedra angular en la lucha de las minorías sexuales.

Una lucha que no cede espacios, que se atrinchera: que tiene por objetivo la libertad.

Y, cada tanto, gana una que otra batalla.

Claro, hasta que se llega a los comentarios.

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