abr 17 2012

Robar un libro en primavera

Secciones Uncategorizedsoho @ 5:53 pm

Por Alberto Calvo.

[Texto desvergonzadamente personal acerca del enigma de la lectura. ¿Por qué leemos quienes leemos? ¿Por qué persistimos en una actividad tan anacrónicamente moderna? En futuras entregas, si el clima lo permite, nuestros autores expondrán sus propios puntos de vista, sus historias personales. Repito: si el tiempo mejora].

Calle de la Amargura, tarde de 2003. Caminábamos sin horizonte definido; yo, un chico de quince; él, hombre en la mitad de sus veintes a quien el adjetivo maduro le venía más bien holgado. Desprovistos de rumbo, pero también de efectivo, decidimos entrar en la primera librería que se cruzara en nuestro camino; él, bibliotecario empírico; yo, lector en ciernes. Atravesamos el umbral de la puerta y rápidamente cada uno halló la forma de abrirse paso entre las grandes mesas, rebosantes de libros, que poblaban el local. Recuerdos: al aire acondicionado, violento; la luz mortecina; el librero que apenas advirtió nuestra presencia, que nos miró por encima de sus diminutos lentes y siguió inmerso en su lectura. Examiné sin demasiado interés algunos títulos, los sopesé en mis manos, dejé que sus fragancias me invadieran. Uno despertó mi atención, era de Cortázar. Lancé una mirada oblicua hacia mis bolsillos y sentí por primera vez el frío dardo de la carencia. Sostuve el volumen unos segundos más, como asiéndome a él, anclado en tierra firme. Yo naufragaba en aguas turbulentas y el libro representaba la única forma más o menos definida de solidez, de verticalidad, de esperanza. Bastó un movimiento ágil de manos para introducir el libro en el mismo bolsillo que segundos antes miraba con desconsuelo. En el universo de portadas abigarradas, de títulos intrascendentes, su ausencia pasó inadvertida. Partí del lugar a paso firme, resuelto. Mi amigo, ajeno a los códigos de aquel incipiente ladronzuelo, salió sin comprender muy bien qué pasaba, arrastrado por la curiosidad y un poco por el compromiso. Días más tarde le confesé el hurto e, impenitente, le ofrecí el libro a un precio módico. Él, tras unos segundos de estupor, habiendo comprobado la comisión de un delito del que me creía incapaz, aceptó. Al cabo de unos años me enteré de que mucho antes de ese día su colección de Cortázar estaba completa.

Leo para convertirme de nuevo en ese joven, ese niño.

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abr 10 2012

Escándalos

Secciones Uncategorizedsoho @ 6:50 pm

Por Manfred Vargas.

La política se asemeja cada vez más a un tabloide; y los políticos, a celebridades. La creciente mercadotecnia que rodea a las campañas electorales se refleja en la tendencia a centrarse en el escándalo como base esencial para desacreditar a un político.

El ejemplo estadounidense es claro. No hay país del mundo en donde el dinero se encuentre legalmente tan involucrado en el proceso político. Esta realidad se traduce en campañas sumamente mediatizadas, las cuales reciben cobertura 24/7 por parte de canales de televisión y sitios en Internet cuyo único propósito pareciera ser ese: la cobertura. La política como entretenimiento necesita de confrontaciones, encubrimientos, rivalidades y escándalos para atraer la máxima audiencia.

El ejemplo estadounidense es el más claro, pero la naturaleza de su juego político se ha diseminado por todo el mundo. Dicho fenómeno ha crecido de la mano con el descontento de la población hacia la clase política. Con o sin fundamento, la mayoría de nosotros tiende a creer que en tiempos pasados los políticos sí hacían cosas, lograban objetivos, construían grandes obras de infraestructura, fomentaban el desarrollo de la nación.

Sí, probablemente no eran las personas más honestas del mundo, pero sus indiscreciones y sus faux pas morales eran barridos bajo la alfombra o recordados apenas como jocosas anécdotas (“me lo comí en confites”, ¿alguien?). Antaño se sobreponía la honesta creencia de que estos hombres y mujeres eran los verdaderos artífices del progreso social y económico del país.

Nuestros líderes actuales han fracasado a la hora de cargar con el legado de sus predecesores y, ante la falta de ideas frescas y logros tangibles (la “felicidad” ha sido el principal logro de esta Administración), no han tenido otra opción más que venderse de acuerdo con sus valores, atributos personales y moralidad. En medio de un panorama donde imperan la “firmeza y la honestidad”, los fallos morales simplemente ya no son tolerados.

El electorado, cínico y hastiado, acepta de mala gana la incompetencia de los políticos, pero está atento ante el mínimo “lamentable descuido” que descubra la prensa. En un país que no se presta para grandes manifestaciones o actos revolucionarios, esa es nuestra manera de sacarnos el clavo con aquellos que se “ganan” nuestros votos.

Sí, todos podemos cometer un lamentable descuido; pero, en los tiempos de la política del tabloide, del reality show, del entretenimiento y el jolgorio, un escándalo es lo único que se necesita para hundir a cualquiera. Nuestros políticos se venden como autoridades morales y verdaderos patriotas, pero en la realidad distan mucho de ser consecuentes con su propio discurso.

¿Cuándo se verá este sentimiento popular verdaderamente reflejado en las urnas?: esa es la pregunta.

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mar 24 2012

FIA: una gran postal

Secciones Uncategorizedsoho @ 6:18 pm

Por Alberto Calvo.

Elba Eres es una artesana argentina. Su tez, y un poco su acento, la delatan: es originaria de San Nicolás, un pueblo adscrito a la provincia de Buenos Aires, pero lejos de la Capital Federal: 200 km lo separan de ella. Días antes de partir hacia Costa Rica, Elba tomó la decisión de enviar, vía correo convencional, una paquete con 25 kg de mercadería. Pensó que eso le evitaría cargar con peso extra el día que tomase el vuelo con rumbo a nuestro país. Viajó ligera —hasta donde lo permite una estancia de tres semanas en tierras desconocidas—; sin embargo, al llegar, recibió la primera mala noticia: su mercadería estaba retenida en la Aduana. Para poder liberarla, debía pagar ¢179.000, una suma que, naturalmente, no tenía previsto gastar. La pregunta más obvia salta a la vista, y se la formulo: “¿El Ministerio de Cultura se hizo cargo?”. Su respuesta —menos obvia— fue rotunda: “No”. Si quería participar en el FIA sin mayores contratiempos, Elba, entonces, estaba forzada a pagar ¢179.000 de su propio bolsillo: así lo hizo. El toldo en el que trabaja, ubicado al costado sur de la plazoleta que rodea la estatua de León Cortés, es quizá el que acoge el ejemplo más elocuente de la dinámica monetaria del Festival, el cual todos, a fuerza de campañas publicitarias y discursos políticos populistas, consideramos gratuito, pero que, visto de cerca, no lo es: alguien tiene que pagar por él, y ese alguien, muchas veces, no es más que un invitado. Pese al mal trago, Elba se refiere a Costa Rica en términos halagüeños. Dice que es un lindo país y que, una vez concluido el Festival, espera dedicar unos días para recorrer “la costa”. Cuando me lo cuenta, mi reacción es de sorpresa. Por reflejo, acato a decirle que son solo dos horas las que la separan del sol abrasador del Pacífico costarricense. “En Argentina tenemos que viajar un poco más”, dice. Me despido con un gesto seco. Mi fuero interno se retuerce. Dos horas para estar en una playa: dudo que sea una gran ventaja comparativa.

***

En un texto publicado recientemente en su blog, el escritor español Alberto Olmos plantea una fuerte discusión sobre la pertinencia de los contenidos gratuitos —de cualquier índole— que se comparten en la Red. Hacia el final de su extensa disertación, Olmos sentencia: “Escribir es un acto libre y autocomplaciente que no tiene nada que ver con el dinero; lo único que tiene que ver con el dinero es pensar que lo haces gratis. Cuando las cosas son gratis, el dinero está por todos lados; es como aquello que decía Heinrich Böll de los ateos: siempre están hablando de Dios”. En una fiesta cultural que se promociona como gratuita, el capital, en sus distintas formas, está en cada rincón. El toldo principal de artesanos exuda márgenes de ganancia, aunque, al ser las 7 p. m. de un viernes por demás convulso, se percibe ya cansancio y desconsuelo. El azar me lleva hasta el primer puesto de artesanías, un pequeño entramado en donde se exhiben candelas aromatizadas. Echo un vistazo por las repisas: una veintena de candelas, de distintos tamaños y formas, se agrupan una al lado de la otra. Los precios van desde los ¢4.500 hasta los ¢42.000. El precio depende casi exclusivamente del tamaño de la pieza. Un pequeño letrero, puesto estratégicamente a la vista de los paseantes, anuncia que “se reciben tarjetas”. Al verlo intuyo, no sin algo de candor, que las ventas han estado muy bien durante el día; no obstante, el creador de las artesanías, un joven de gestos compungidos y verbo limitado, dice que no. La fuerza de sus palabras sobrepasa la barrera de cualquier transcripción: “Hoy no se ha hecho nada”. Son las 7:10 p. m. y una masa humana se desplaza por el lugar. Hay muchos compradores en potencia. “Quizá demasiados”, pienso.

Siento curiosidad por saber cuánto cuesta arrendar un puesto de artesanías. No puedo siquiera ensayar una suma: el Estado, en estos particulares, como en todos, suele ser impredecible. Más adentro, a mitad del primer gran toldo, observo un grupo de personas que se reúnen en torno a una venta de máscaras indígenas. Decido unirme a ellos. Al llegar, confirmo que son nativos borucas quienes están al comando del puesto. Ofrecen máscaras en madera de balsa confeccionadas a mano. Empatizo con ellos al instante. He viajado varias veces a su pueblo, y a la vecina comunidad de Rey Curré, en el sur recóndito del país. Conozco a la perfección la mística con que fabrican sus piezas, y también las carencias y el olvido que sufren los pobladores de la zona. Me desprendo del velo periodístico que me recubre y, con genuino interés, pregunto qué se debe hacer para optar por un puesto de venta de artesanías en la feria. “Pagar”, responde lacónicamente uno de los indígenas. Sin decir palabra, echando mano a la fuerza de los gestos, doy a entender que quiero saber más: quiero un número, una suma concreta. “¢300.000 por estos dos —señala las mesas que tiene enfrente—. De hoy hasta que termine el Festival”. La frase de Alberto Olmos, a este punto, se ha convertido en un mantra en mi cabeza: cuando las cosas son gratis, el dinero está por todos lados. Cuán cierto.

A diferencia de la venta de máscaras, el cuartel de “Gabi García” intenta emular la estética de las lujosas tiendas de joyería. Evidentemente, su esfuerzo es insuficiente. Protege sus productos de bisutería tras una vitrina colocada horizontalmente a lo largo del espacio que le fue asignado. Una familia —padre, madre e hija— se muestran interesados en la mercadería. La niña se prueba un anillo y, para su desgracia, no se puede desprender de él una vez puesto. Está atascado. La niña entra en pánico; sin embargo, decide resolver el inconveniente ella misma. Observo la escena a pocos metros. Me regodeo con la desesperación de la niña, quien, ya al borde del colapso nervioso, con su dedo visiblemente irritado, decide pedir auxilio. “Gabi García”, haciendo alarde de su experiencia, ejecuta una maniobra sutil y extrae el anillo. Lo mira con desconfianza: parece más interesada en proteger la integridad de la pieza que en el bienestar físico de su potencial compradora. Luego del incidente, el interés de la familia se desvanece: toman una tarjeta —sobresale en ella el logo de Facebook y una dirección de correo electrónico—, se despiden con una amabilidad impostada y parten sin decir que regresarán. Tal parece ser la dinámica entre vendedores y clientes: las transacciones son siempre una forma de la posibilidad.

***

Siempre me han parecido apasionantes los personajes marginados; aquellos cuyo destino avieso los ha colocado en una posición desprovista de privilegios. En este festival, es de esperar, hay muchos. Desde que salí a hacer mi recorrido, los he visto deambulando sin compañía, un poco absortos, con la mirada puesta en todas partes —y en ninguna— al mismo tiempo. Hay una chica sentada en la cuneta de uno de los múltiples caminos que atraviesan La Sabana. Está sola y parece quieta entre las sombras. Antes de abordarla, pienso de antemano unas palabras. Suelo construir frases, e incluso diálogos completos, con el único afán de eliminar la brecha de sorpresa entre mis preguntas y las respuestas de mis interlocutores. He de admitirlo: fallo en una apabullante mayoría de los casos. Esta vez no fue distinto.

—¿Viniste a ver a Calle 13? —pregunto con tono dócil. La muchacha dilata su respuesta unos segundos. Engulle, famélica, unas galletas.

—No —responde, cortante. El escenario que tenía previsto, una conversación rutinaria, comienza a desmoronarse.

La chica vino a ver el juego de pólvora. Calle 13 no le interesa; las ventas de artesanía, tampoco. No está muy dispuesta a hablar, pero, aun así, lo hace: se queja del precio al que venden los programas del Festival —¢200, la mitad destinada a la organización Un Techo para mi País— y de la suma que hay que pagar por hacer uso de los baños —¢400—. “Antes no era así”, confiesa. Según me cuenta, es asidua visitante de otros festivales, entre ellos Transitarte y Enamorate de tu Ciudad. Se dedica al cuido de sus dos hermanas menores, quienes hoy no la acompañan. Para el momento en que estalle el juego de pólvora, no estaré. Habría seguido a esta chica con tal de ver su rostro iluminado por las luces; pero, repito, entonces estaré lejos, y la onda expansiva de la pirotecnia no me alcanzará.

Por momentos, tiendo a pensar que este festival gratuito es bastante atípico: la gratuidad riñe con el perfil del visitante que —se espera— consuma los bienes que se le ofrecen. En medio de la espesura del bosque, más allá de las miradas de los miles que a esa hora se agolpan alrededor del escenario donde tocará Calle 13, un modesto toldo de la marca Samsung acoge un pequeño grupo de jóvenes. Detrás de un mostrador, un encargado muestra las bondades de un teléfono “inteligente”. Todos están cautivados por la demostración. Algunos, los más osados, tocan, preguntan, comentan. El teléfono cuesta ¢500.000. Me pregunto qué habría pensado la chica del juego de pólvora si hubiese estado aquí presente: la chica que no pagó por usar un baño ni tampoco se molestó en adquirir un programa por una ínfima suma. El Festival es, al menos, un enorme criadero de paradojas.

***

Topo con un agente de seguridad en el recodo de una calle oscura. No hay manifestaciones de vida humana en al menos cincuenta metros a la redonda, pero él está ahí, pendiente de algo que no ocurrirá. Se muestra reticente ante mis preguntas. Se nota incómodo. Trato de hacer breve mi interrogatorio. El muchacho tiene veintidós años y trabaja temporalmente para la empresa que presta el servicio de seguridad en el FIA. Según me dice, hay alrededor de doscientos efectivos recorriendo el perímetro del Festival. Todos son fácilmente identificables: llevan puestas camisetas amarillas, fosforescentes en la oscuridad. Conforme avanza la conversación, el joven toma confianza. Hace comentarios aleatorios y responde a preguntas que no le formulé. Lo agradezco. Al final, me dice que “tiene entendido” que su jornada de trabajo acaba a la misma hora que el concierto de Calle 13. Tiene entendido: no lo sabe a ciencia cierta. ¿Quién lo sabe?: nadie. El muchacho trabajará hasta que cese la música o hasta que el agotamiento le impida caminar.

***

He visitado un mercado de artesanías, una ambulancia —solo de reojo—, un concierto apenas concurrido —en comparación con el espectáculo principal, cortesía de los boricuas— y una venta de helados. He sido un observador desapasionado: mi oficio me lo exige. Sin embargo, en los últimos minutos de una visita que se extendió más de lo deseado, me encuentro en compañía de varios haitianos que cantan su himno nacional al borde del paroxismo. Es la estación de la Casa de la Francofonía, que esta noche luce casi desierta. A mi lado, dos hombres mayores susurran las líneas del himno con los ojos cerrados y la mano sobre el pecho. La melodía es suave, y una voz femenina, desafinada quizá a causa de la deficiente acústica del lugar, guía a los demás e imprime fervor a la entonación. De forma involuntaria, me llevo la mano al pecho. El coro, que canta al unísono en creole haitiano, va bajando su intensidad. Cuando la realidad supera a la ficción, somos capaces de escoger finales. Si hubiese estado en mis manos, habría escogido este. Lo recorro mentalmente y me veo, en la película, como un tercero: un blanco, rodeado de negros, inventando palabras de un idioma que desconoce.

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mar 06 2012

Revueltas

Secciones Uncategorizedsoho @ 8:15 pm

Por Manfred Vargas.

En Costa Rica, aceptamos la proliferación de automóviles y autopistas como algo inevitable y hasta necesario. Los carros promueven la velocidad, el individualismo y la comodidad; las autopistas permiten su desplazamiento libre de molestias (entiéndase peatones) a lo largo de grandes distancias. Son complementos perfectos y, por lo tanto, ejemplos inmejorables de la pérdida de civismo y comunión urbana que tanto nos aqueja como sociedad.

Como vecino de la autopista Florencio del Castillo, puedo dar fe de la segregación, el aislamiento y la incomodidad provocadas por dicha carretera, especialmente en las comunidades del cantón de La Unión. Este cantón se encuentra, literalmente, partido en dos por culpa de la mencionada vía, y la conexión entre ambas partes se establece solo por medio de puentes mal iluminados y túneles estrechos y desolados.

Pongo este ejemplo no como una crítica en contra de la existencia de la autopista. La Florencio del Castillo, así como otras autopistas nacionales, es vital para el transporte rápido de personas y mercancías hacia importantes centros urbanos y comerciales del país. Sin embargo, tampoco se debe validar automáticamente el discurso que presenta cualquier construcción asfaltada como sinónimo de “desarrollo nacional”, cuando en muchas ocasiones este en realidad es poco más que una excusa y una apología de la mala planificación.

En una cultura obsesionada con el automóvil, la construcción de autopistas es inmediatamente considerada como un factor positivo que busca hacer nuestras vidas más fáciles. No obstante, la historia de los mismos países desarrollados que tanto buscamos emular en materia de planificación urbana ha demostrado que no siempre es así.

Si bien en países como Inglaterra y Estados Unidos la construcción de autopistas fue el paradigma dominante de la planificación a mediados del siglo pasado, a partir de los años sesenta aparecieron decenas de movimientos que pretendían luchar contra esa tendencia. Las llamadas freeway revolts, o “revueltas de autopista”, fueron protestas lideradas por grupos comunitarios y empresarios locales organizados en contra de la construcción de autopistas que amenazaban con destruir barrios, segregar comunidades, aumentar la contaminación ambiental y sonora, y “deprimir” económicamente zonas enteras.

Las innumerables deficiencias que ha presentado la autopista a Caldera son un excelente ejemplo de todo lo que no debería ser la planificación vial. Desde el uso de planos desactualizados, pasando por el considerable daño ambiental provocado en la zona, la destrucción de comunidades, las irregularidades en su concesión, su inauguración antes de tiempo, las muertes ocasionadas por derrumbes e incluso las recientes protestas de vecinos contra el cobro del peaje en Ciudad Colón: todo es muestra del mal manejo de obras públicas en nuestro país.

Las protestas de vecinos en Ciudad Colón son un ejemplo idiosincrático de una “revuelta de autopista” criolla. Por supuesto, la manifestación no fue provocada por daños ambientales ni segregación de barrios, sino que nació a raíz del cobro de un peaje. Sin embargo, ha tenido un arraigo importante en las comunidades afectadas e incluso ha contado con el apoyo de los alcaldes de tres cantones. La protesta no se limita solo al peaje: también denuncia el corte de calles cantonales y la falta de pasos seguros para vecinos y peatones.

Es poco probable que se cumplan las demandas de esta “revuelta”, pero no se puede descartar su eventual importancia como ejemplo de un movimiento ciudadano que, exigiendo una mayor apertura y rigurosidad en la planificación y construcción de obras públicas, puede alterar la forma en que nosotros, como ciudadanos y vecinos, reaccionamos ante la ineficiencia del burocrático aparato estatal.

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feb 29 2012

Señor Tiempo

Secciones Uncategorizedsoho @ 5:00 pm

Por Angélica Sánchez.

Me asusta el ir y venir del tiempo, el transcurrir del acelerado tic tac, insaciable, inagotable, que no cesa en su vaivén, como los transeúntes en una calle sin fin. Los seres humanos somos especialistas matando el tiempo. Un día como hoy, quisiera que un economista bangladesí viniera y me diera una cachetada, de esas fuertes, que no se borran, de esas fuertes, que marcan una vida entera; y, entonces, dejar de matar el tiempo, hacer algo con la vida, poner en práctica eso que muchos llaman “productividad”.

El tiempo pasa; el economista no viene; pero lo espero, como esperé a que Peter Pan se apareciera por mi ventana y me llevara volando a Nunca Jamás, mientras bañábamos al mundo con polvo de hadas. Esperar: otra especialidad del Homo sapiens. Peter Pan nunca llegó, pero yo sigo en mi ventana, practicando el despegue y el aterrizaje.

Veo la hora y pienso en los relojes blandos de Dalí, cómo se derriten, cómo son víctimas de su propio oficio. Veo la hora y pienso en lo bonita que es la luz en los días de febrero. Veo la hora y no sé en qué pienso, pero sé que veo la hora y que el tiempo pasa, y que yo paso con él, y que no pienso en nada y que no hago nada, y que de repente me convierto en un reloj blando, y soy víctima del Señor Tiempo, el señor despiadado.

De pronto, pienso otra vez en el economista bangladesí. Yunus, se apellida. Un genio, sin duda; un hombre que ha logrado erradicar poco a poco la pobreza en distintas partes del globo que yo quería bañar con polvo de hadas. Mientras él y otros genios piensan en nuevas formas de bienestar común, yo estoy aquí sentada, convirtiéndome en un reloj blando. Esos genios no deben de ser Homo sapiens. Nosotros, los seres de esta tierra, esperamos y nos dedicamos a ser especialistas matando segundos, minutos, horas.

Me asusta el ir y venir del tiempo, el transcurrir del acelerado tic tac, insaciable, inagotable, que no cesa en su vaivén, como los transeúntes en una calle sin fin. Me asusta aún más cómo asesinamos el tiempo, cómo lo aniquilamos lentamente con una serie de actos que no tienen marcha atrás. El tiempo no nos limita: nosotros lo limitamos.

***

Página 115 es un blog vecinal y de desarrollo popular. Se nutre de voces nuevas y desconocidas (valga la redundancia). No pretende lanzarlas a la fama o posicionarlas-en-el-mercado, sino hacer de su anonimato un proceso más digno y menos doloroso.

Angélica Sánchez, la autora de esta columna invitada, existe. Que sirva de prueba esta pequeña semblanza:

Nació sin una vocación clara y sigue vagando por la vida en busca de una. Por lo pronto es fotógrafa en ciernes y aprendiz de periodista por rebote inexplicable. Cuando tenía diez años se ganó un par de medias y una cajita de lápices de color en un concurso de poesía. Las musas la olvidan con frecuencia, pero cada tanto aparecen y, durante esos trances, su pluma rellena espacios vacíos con garabatos que algunos no entienden. Le tiene fobia a la vejez.

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feb 13 2012

Libertad

Secciones Uncategorizedsoho @ 4:58 pm

Por Manfred Vargas.

Cuando trato de recordar mi niñez, me doy cuenta de que no tengo la más mínima idea de la persona que era en ese entonces. Eso no quiere decir que no recuerdo mis años de infantil inocencia, sino que, en lo respectivo a personalidad o forma de ser, mi memoria se queda en blanco. En otras palabras, era un niño como cualquier otro, inseparable de la masa.

No fue hasta los trece o catorce años que empecé a tener verdadera conciencia del mundo exterior y del papel que podía jugar en él. Mi visión a futuro era limitada, no tenía clara la posibilidad de cambiar ciertos aspectos de la sociedad en la que vivía. Sin embargo, empecé a comprender que había todo un mundo extraño y complejo fuera de la rígida burbuja de mi colegio y de mi casa. Por primera vez pensé que valía la pena explorar ese entorno.

Irónicamente, esta realización no me llegó por medio de un mayor conocimiento físico del mundo, sino a través de mis primeros contactos serios con el Internet. En ese mundo de “wikis”, Internet Relay Chats, redes sociales incipientes y foros de discusión, mi visión de mundo empezó a tomar forma.

Precisamente, fue en los foros de discusión adonde empecé a desarrollar algún tipo de personalidad. Lo que sea que soy ahora se lo debo, más que a mis interacciones regulares en la “vida real”, a aquellos misteriosos avatares que pululaban por los message boards de Internet y que supuestamente provenían de países tan variados como Argentina, Estados Unidos, Finlandia y China.

En dichos espacios aprendí a leer literatura extranjera, a escuchar música alternativa, a apreciar el cine experimental, a escribir como lo hago ahora, a respetar culturas y modos de vida distintos y a conocer los ideales políticos que hoy defiendo. Todo eso lo asimilé de la mano de sujetos con los que rara vez conversé personalmente, gente que difícilmente me toparía en la calle y cuya vida nunca estuve ni cerca de conocer. Personas que un día estaban ahí y al otro desaparecían, sin dejar rastros de su aparente existencia. Esa era la naturaleza de la vida social en Internet, por lo menos a inicios de la década pasada: un ecosistema formado por conexiones momentáneas, inestables y frágiles, pero enormemente significativas.

Es probable que mi generación haya sido la primera que tuvo acceso a Internet en su propia casa y a una velocidad decente. Para nosotros, la vida “real” y la virtual son indistintas, y aquellas experiencias y relaciones vividas a través de comunidades virtuales son una parte tan integral de nuestra biografía personal como lo son las fiestas con los amigos o los paseos en familia.

Entonces, como ya dije, buena parte de lo que soy se lo debo en gran medida a Internet o, al menos, a Internet tal como existía hasta hace poco; ese lugar en el que se mezclaba libremente lo legal con lo ilegal, la compasión con la burla, la ironía con la sinceridad, la enfermedad con el placer. Comunidades anárquicas, con reglas autoimpuestas, en las que podíamos hacer tabula rasa; es decir, olvidar todo lo que habíamos sido antes y encontrar nuestro camino hacia las personas que de verdad queríamos ser.

Sin embargo, esa realidad a la que aludo es de difícil comprensión para algunas personas, particularmente las que pertenecen a generaciones anteriores a la mía. En esencia, dichos grupos malinterpretan nuestros deseos de mantener un Internet libre de interferencias corporativas y gubernamentales. El origen de la oposición de tantos jóvenes a iniciativas como la ley SOPA o el tratado ACTA no se reduce a un simple deseo de seguir pirateando películas malas o canciones “quemadas”, sino que radica en la necesidad de preservar aquello que hizo del Internet una parte tan enriquecedora y valiosa para nuestras vidas. Un lugar en el que, lejos de presiones sociales, comerciales y políticas, podíamos encontrar nuestro espacio en el mundo y, a medida que lo hacíamos, nos encontrábamos a nosotros mismos.

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feb 08 2012

Excusatio non petita

Secciones Uncategorizedsoho @ 6:33 am

Por Danny Brenes.

El ruido llegó desde el mismo lunes a media mañana, cuando el Ministerio de Cultura anunció los ganadores de los Premios Nacionales de este año. El ruido llegó por donde suele llegar: por la literatura. Por cuento y, sobre todo, por novela. El ruido llegó desde el primer momento.

Sin embargo, no es de mi interés hablar o discutir sobre la decisión del jurado; es decir, sobre las obras galardonadas. Solo leí una de las dos novelas que compartieron honores; a ver, corrijo: solo leí a medias una de las dos obras, que a la postre no resultó de mi gusto. No obstante, ese hecho nada dice sobre su calidad, sino sobre mis gustos como lector: no es para mí, es para otra gente. Todo bien con eso.

Lo que me interesa discutir, el ruido de arriba, llegó apenas unas horas después de haber sido anunciado el resultado. Vino en forma de una lamentable diatriba vociferada (porque las mayúsculas, aquí y en cualquier parte, se interpretan como gritos) por uno de los jurados de los mencionados premios, Jorge Méndez Limbrick, quien, como bien se encarga él mismo de señalar en toda ocasión que a bien tenga, ganó el Premio Nacional de Novela hace un año.

Es que no bastó con una explicación nunca exigida sobre su decisión. No bastó con que estas explicaciones nunca exigidas fuesen insulsas y rebatibles, porque al menos yo considero muy rebatible lo siguiente, en relación con la entrega de un premio literario —cito textualmente, mayúsculas incluidas—: “[el autor] maneja un lenguaje directo, franco, sincero, QUE SE ENCAJA con MI FILOSOFÍA de escritor y ese fue un punto a su favor”. ¿Podemos, entonces, dar por sentado que su decisión, por encima de la calidad de la obra, se refiere a quién escribe de forma más similar a usted? ¿En serio?

No bastó ni siquiera con dedicar la mayor parte de aquel tétrico y desdeñable puchero a escupir cuanto veneno le fuera posible en contra de otros dos escritores, como ya lo hiciera en otros mucho más pomposos escenarios, que no tenían mayor vela en el entierro literario al que asistíamos quienes tuvimos oportunidad de leer aquel texto abominable. Veneno que, no intentemos engañar a nadie ni ignorar lo que yace en la superficie, responde a la crítica negativa-pero-benévola que uno de estos dos literatos le dedicara a su multipremiada, sacrosanta obra.

No, la cosa fue más allá. Fue al extremo. Llegó a esa tierra deplorable, por demás ruin y vergonzosa, de los pleitos y escaramuzas contra desconocidos. No escatimó en acusaciones e insultos a lectores que no hacían más que dar su opinión (después de todo, el espacio en el que fue publicada la mencionada diatriba promueve justo eso: el debate de opinión). El discurso lleno de bilis llegó a, cómo no, sacar a colación las, ejem, prestigiosas credenciales que respaldan su uso indiscriminado de las mayúsculas, su inexistente claridad y fluidez de redacción y, por encima de cualquier otra, su calidad literaria (de nuevo, las mayúsculas, bendito sea Borges, no son de mi autoría): “SOY GANADOR DEL PREMIO UNA-Palabra, Premio Editorial Costa Rica y Premio Nacional… y UD QUIÉN ES?”.

Respiro profundo, miro por la ventana, intento recordar las cosas buenas que existen más allá de los libros, como una forma de serenarme y de recordar que estas pugnas literarias no me incumben en absoluto. Entonces sí, me zambullo de nuevo en lo risible y me pregunto: ¿es esta la cultura que queremos? ¿Es esta la cultura que merecemos? ¿A esto hemos llegado?

No creo que la literatura —vamos, el arte en general— tenga por obligación dejar enseñanza alguna. En eso supongo que estamos casi todos de acuerdo. La literatura puede ser cualquier cosa y a la vez no ser nada; es allí, precisamente, donde yace su belleza, su magia. Entiéndase esto como una forma de dejar en claro que rechazo de plano el discurso moralista de qué están leyendo mis hijos. El asunto no va, de manera alguna, por ahí. Más bien consiste en saber qué dicen los Premios Nacionales sobre el estado actual de nuestra cultura, de nuestra expresión artística; de nuestros retrasos, mojigaterías, absurdos. Esto no solo atañe a las obras condecoradas —a las cuales, repito, no me he referido y no lo pienso hacer—, sino a quienes las premian.

Yo no creo que el ingrediente faltante en la literatura tica, para que esta despegue finalmente, sea tener menos “serrucha pisos”, tal cual lo comentara en entrevista uno de los premiados. Creo, por el contrario, que falta mucha honestidad, mucha entereza y mucho, muchísimo menos ego.

La decisión del señor Méndez Limbrick me tiene sin cuidado; pero me resulta chocante, abrumador, doloroso incluso, pensar que una persona capaz de reducirse a un “Mire vale verga lo que piense ud….!” en público cuando se le cuestiona lo que escribe y lo que piensa, tenga una voz y un voto de peso en la salud cultural de la pequeña finca en que vivimos.

(Termino de escribir el párrafo anterior y una verdad me golpea el rostro con fuerza. La verdad que ha acompañado las publicaciones de este blog desde su nacimiento hace poco más de un año. Solo así logro comprender lo que no entendía palabras más arriba).

Sí, esta es la cultura que merecemos; porque esto es lo que somos: una finquita en la que nos enfrentamos “todos contra todos”, sin avanzar a ninguna parte. Una finquita donde discrepar es serruchar pisos, donde cuestionar VALE VERGA (estas mayúsculas sí que son mías).

No se preocupe por preguntarme quién soy yo, señor Méndez Limbrick. Yo no soy nadie.

Afortunadamente, a diferencia de usted, no me interesa serlo.

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ene 30 2012

Deshojando margaritas

Secciones Uncategorizedsoho @ 5:03 am

Por Alberto Calvo.

Me gusta mucho

Leer con ritmo febril, atolondrado, un poco desapasionado, sin fe, carente de toda expectativa. Leer La broma infinita un domingo como este en que leo La broma infinita, ese libro que nadie —nadie— ha leído, pero del que todos hablan. Hablan los epígonos de Foster Wallace, los que han leído febrilmente algunas de sus obras, que son pocas, pero alcanzan para abarcar el Universo entero, que pueden lograr su implosión con un simple chasquido de páginas. Leo en mi silla reclinable, con los pies sobre la cama, en posición decididamente perpendicular, un poco catatónica. Leo un capítulo que trata sobre una chica maníaco-depresiva que habla con un médico residente en el quinto piso de un hospital psiquiátrico. La chica no es solo maníaco-depresiva, sino que presenta lo que los doctos llaman comportamiento suicida. Ideación e intento, según el propio F. W., quien, dicho sea de paso, se suicidó una mañana divertida de 2008. La chica, a diferencia del grueso de oligofrénicos con tendencias suicidas, no intenta hacerse daño cada vez que materializa sus impulsos. No se odia. No siente ni un ápice de conmiseración por sí misma. No imagina su propio funeral y toda la gente allí, llorándola. Quiere morir para dejar de sentir, porque la invade una sensación que no sabe qué es y, producto de esa misma falta de certeza, experimenta la sensación una y otra vez, hace que suceda…; pero de pronto la chica dice algo como “dos semanas después”, y el doctor cree que esa frase puede entrañar la quintaesencia del conflicto interno de la chica. “Dos semanas después”. Una frase anodina, si se quiere. Entonces, la chica revela que tiene problemas con la marihuana, que no puede dejarla, que se ha prometido mil veces desistir, que la gente la mira raro porque hoy en día NADIE puede tener problemas con la marihuana, una droga blanda, noble, de libre circulación en el inframundo. La chica la fuma en su casa, en su cuarto, de cara a un gran ventilador. Fuma en un retrete de su trabajo, subida sobre él, dirigiendo las volutas de humo hacia una pequeña y renegrida y un poco abandonada ventana de edificio de trabajo de clase media. Luego se vuelve paranoica y cree que sus compañeros saben que está colocada y, entonces, llama a su madre para que ella, a su vez, llame al trabajo y diga que su hija está enferma. La hija —que no es otra que la chica del hospital, la que conversa con el médico joven y diligente— hiberna en su casa, ausente la madre, y fuma y ve cintas frente al teleordenador, pero eso la hace sentir culpable porque una persona enferma debería estar convaleciendo y no solazándose con programas a todas luces incoherentes. La culpa la conduce al cuarto y allí fuma y rocía todo de Lysol y se inunda los ojos con un líquido similar al Visine. Luego, bota sus pipas, las bota todas las semanas; pipas bellas, algunas importadas de Brasil, y un pálpito deliberado la hace pensar que los encargados del camión de la basura hurgan todas las semanas en busca de las pipas que ella desecha…; porque se ha propuesto dejar la marihuana de una buena vez y para siempre. No quiere sentir la Sensación, solo quiere recomenzar, estar dopada un mes entero o recibir una terapia electroconvulsiva. Algo.

Poquito

La idea incesante, urticante, de querer escribir algo y no poder, o no querer, que es un poco peor, pero que no deja de ser ligeramente deprimente. Arrellanar los glúteos hasta que estos terminen planos o cuadrados, y escribir hasta altas horas sobre la clase media, pero sin hacerlo, porque la mejor forma de escribir sobre un tema —dicen los expertos con obra publicada— es tocarlo tangencialmente, casi por accidente. Escribir rayando el alba, con dos cápsulas de guaraná de la naturaleza en el sistema, o un par de tazas de café frías, con los ojos entornados, esperando que ocurra el milagro del sueño: eso me gusta un poquito.

Nada

Hace pocos días, un sonido me despertó en media madrugada. Sentí una ráfaga repentina de desconcierto, pues no lograba ubicar su procedencia. Mi casa es pequeña, pero el sonido parecía propagarse y converger en todos los rincones y también en uno solo. El sonido era una voz mecánica, saltarina, demasiado alerta como para originarse en las cuerdas vocales de un ser humano, por lo general dormido y roncante a esas horas de la noche. La voz repetía un mantra, y yo estaba acostado, intentando aguzar los sentidos al máximo para determinar el lugar de donde aquella voz diabólica provenía. Esa noche pasó. Nadie más en mi casa se percató del sonido que se había colado por los resquicios de algún aposento, que bien podría haber emergido de las entrañas de la tierra o de las profundidades abismales del mar. Regresó. La segunda vez quedé paralizado porque casi podía escuchar con claridad lo que la voz decía, porque decía algo, era el heraldo de un mensaje silbante y moderadamente electrónico que nadie más que yo se dignaba a escuchar. El maldito sueño de los zombies. No me desperté totalmente hasta la tercera o cuarta noche. Gasté unos instantes sentado sobre la cama, incluso encendí la luz de la lámpara y busqué agua. Tenía los labios resecos y una breve sensación galopándome adentro. Una combinación de sentimientos nada desdeñable si tomamos en cuenta las circunstancias en que estaba inmerso. Me levanté y, no más con atravesar el umbral de la puerta, el sonido desapareció. En medio del más sepulcral silencio, no pude dormir hasta ver las primeras luces del día que clareaba.

***

Una idea tomada de la revista El Malpensante.

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ene 09 2012

Comediantes

Secciones Uncategorizedsoho @ 5:57 pm

Por Manfred Vargas.

La principal razón por la que decidí estudiar Ciencias Políticas se la debo a Jon Stewart. Sí, me refiero al comediante conocido popularmente por ser el presentador de The Daily Show, un late night de irreverente sátira política.

Corría el 2004 y yo cursaba el noveno año de colegio. En aquel entonces, el presidente republicano George W. Bush y el candidato demócrata John Kerry se enfrentaban en unas elecciones marcadas por la fuerte oposición internacional contra la guerra en Irak. Meses antes de los comicios, celebrados en noviembre de ese año, Jon Stewart y el staff de The Daily Show publicaron un libro en el que festejaban el sistema político norteamericano, al mismo tiempo que criticaban y parodiaban sus aspectos más incongruentes e injustos. Por alguna extraña razón, decidí que debía poner mis ignorantes garras sobre ese tomo lo más pronto posible.

America (The Book): A Citizen’s Guide to Democracy Inaction era el nombre de dicho libro y, hasta la fecha, es probable que sea el texto más divertido que he leído en mi vida. Fue la primera vez que comprendí que el estudio de las instituciones políticas y las elecciones democráticas no solo podía ser interesante y entretenido, sino incluso emocionante. Por tal razón, durante el 2004 seguí obsesivamente todo lo relacionado con la elección Bush-Kerry, ya fueran noticias “serias” o humorísticas, y, aunque Bush finalmente ganó la contienda (¡boo!), a partir de ese momento la política —o “lo político”— se convirtió en mi mayor interés intelectual.

Ahora, decir que un comediante y una votación gringa fueron las principales causas por las que acabé estudiando en la Facultad de Ciencias Sociales de la UCR me convierte ciertamente en una anomalía entre mis colegas. Mientras muchos de ellos fueron enormemente influenciados durante su adolescencia por los ideales políticos de la Revolución Cubana o el movimiento ambientalista, yo veía surgir mi conciencia política durante las sesiones de lectura de un texto en el que aparecen desnudos los septuagenarios jueces de la Corte Suprema.

Varios años han pasado desde aquel 2004. Yo estoy a punto de concluir mi licenciatura en Ciencias Políticas al mismo tiempo que en Estados Unidos se inicia nuevamente otro periodo electoral. Después de todo este tiempo, y teniendo como contexto actual la hilarante demencia de las primarias republicanas y la tragicómica incompetencia de nuestra clase política, me doy cuenta de que mi introducción en la política por medio de la comedia no fue simplemente una anécdota curiosa o un ejemplo más de mi excéntrica personalidad. Al contrario: resultó ser un presagio bastante preciso de lo que en mis estudios —y en mi vida— pronto iba a descubrir.

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ene 02 2012

Cinismos subacuáticos (parte 2)

Secciones Uncategorizedsoho @ 5:45 pm

Por Danny Brenes.

E. me mira con ojos pálidos. Ojos fríos y profundos, misteriosos. Sus ojos son piscinas. E. me observa, me cuestiona. Su mirada es líquida, me empapa. Quiero evitarla, pero es imposible. Como el agua, se cuela por todas partes. No hay cómo detenerla, solo desviarla de su cauce hacia regiones distantes donde su daño sea menos catastrófico. Un páramo alejado donde toda la furia de su mirada, de su torrente, pueda reventar y destruir.

Es mi deber alejarme de la ira escondida en la mirada honda de E.

***

Coincidimos en no pocas ocasiones. No intercambiamos más que un par de miradas, ninguna de las cuales podía ser interpretada como una invitación de su parte. Era más bien un hola-muchacho-por-favor-deje-de-verme-mientras-nado con el que topaban mis ojos cada tanto.

Checo era historia. También mis intenciones de hacer algo en la natación que fuera más allá de deleitarme con la forma húmeda y perfectamente contenida en el traje de baño de E. Sobra decir, entonces, que mi supuesta decisión definitiva de retirarme de las albercas era parte del pasado, aun cuando ahora lo que menos hacía era nadar.

Mi cabeza trabajaba horas extra intentando, con toda la fuerza de su capacidad imaginativa, delinear el plan perfecto para no verse forzada a delirar con lo que se escondía tras la lycra de aquel omnipresente traje azul oscuro que E. tan bien lucía cuando daba la vuelta.

Entonces, un buen día, la casualidad te da la mano, decide darte una oportunidad, y vos no sos capaz de, como en todas las ocasiones anteriores, decirle que no, que gracias.

E. sabía dar la vuelta; pero un día la hizo mal.

Yo me estiraba fuera del agua, o simulaba hacerlo mientras la veía a ella nadar con gracia y con inconsciente sensualidad —la más efectiva de todas—, partiendo el carril en dos. Se acercó con agilidad a la te azul que yo adivinaba y que ella debía ver con total claridad. Entonces, sucede lo extraño, lo imprevisible.

Una brazada de más. Eso es todo lo que se necesita para desatar la avalancha que el destino, vicioso, mal intencionado, tiene previsto y se guarda largo rato solo para hacerte sufrir, solo para hacerte cuestionar todo tu mundo, todo lo que das por sentado. E. dio una brazada de más antes de dar la vuelta.

El golpe de su testa contra el cemento resonó con fuerza, con dolor. En la soledad del agua, solo yo lo escuché. Lo escuché aun sin saber qué había sido. No lo supe hasta que vi el cuerpo —todavía perfecto, todavía apetecible— flotando en una posición incómoda junto al borde de la piscina. El agua estaba teñida de rojo.

Lo que sigue es previsible. Me lancé al agua —no sin antes haber entrado en completo pánico; no sin antes haber sido presa de la parálisis que sigue al pánico— con un clavado sonoro, tétrico. Con tímidos movimientos, unos que no respondían al apremio que la situación requería, me acerqué a la creciente mancha de sangre dibujada alrededor de E.

E. como un tronco a la deriva. E. que flota sin emitir burbujas, sino sangre. E. a quien, con un esfuerzo del que no me creía capaz, logro sacar de la piscina —sí, de acuerdo, sí: rozando su piel lozana—. Le aplico la única técnica de resucitación que conozco.

Sus labios saben a agua. Su lengua sabe a muerte. Casi me horrorizo al sentir el latigazo de placer que produce el contacto entre su boca y la mía. Casi temo al pensar en lo que me estoy convirtiendo.

Tose. Su pecho, glorioso, se infla y ella tose. Y vuelve a la vida. Y ya no me siento mal.

Recuperada y de vuelta al agua, E. misma me buscó. Me agradeció lo que había hecho por ella. Me dio su número de teléfono. Me regaló una sonrisa y eso le abrió la puerta a mis intenciones.

El resto fue muy fácil.

Fueron brazadas que se hunden en el agua, como se hunden las ganas en la carne, al compás de un movimiento rítmico, cadencioso, hipnótico. Es el brazo que rompe el espejo del agua y son los gemidos que se apropian de la noche de salida-bar-tragos-taxi-motel. Son las respiraciones entrecortadas que brotan del cuerpo en ejercicio, del cuerpo húmedo, del arte hecho cuerpo, del húmedo arte. Son las puñaladas. Es el deseo. Es la vuelta, cuando las piernas dibujan ansias imposibles, formas impúdicas, y consiguen el orgasmo. Es la natación, es la lujuria.

El resto fue muy fácil.

Porque es tan fácil desear lo que no se tiene, pero es todavía más sencillo, más natural, más humano, comenzar a aborrecer aquello que ha sido ya profanado, ha sido ya poseído, ha sido ya utilizado. La vida es desechable, como los cuerpos. Los orgasmos son pasajeros, como los dos minutos de emoción explosiva de los cien metros, el único motor que impulsa la natación. El resto es desechable.

E. es desechable. A E. la deseché. E. golpeó su cabeza otra vez contra el borde de la piscina. E. necesita ayuda de nuevo, antes de hundirse de manera definitiva bajo el manto déspota de las aguas. Los ojos de E., hondos, pálidos, con furia desatada me envían señales de auxilio. Avalanchas de auxilio que nacen de su desesperación. De las últimas gotas que brotan de su pecho.

Es mi deber alejarme de la ira escondida en la agonía de E.

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